28 octubre 2013

Escrito en el cuerpo: poética.


Pierdo la razón si hablo
pierdo los años si callo
A. Pizarnik


Cuando pienso en Florencia, la veo caminando pequeña entre figuras que se diluyen en la noche. Ella es la única que permanece sólida entre los aires y las gentes, porque tiene el esqueleto de las sonámbulas más rígidas. Arrastra su cuerpo sin cargarlo, pero sabe que aún dentro le pesa lo mecánico, lo tenso de su investidura, lo ingrávido. Pasa por entre los faroles quebrados, entre la textura de la noche y su vocablo; avanza, hasta saber de memoria ese caminar recto, silencioso en su hondura.

¿Pero hacia dónde avanza?, ¿por qué cierra los ojos y se cose los párpados mientras adivina el recorrido?. Porque camina en su cuerpo, y reconoce en la piel lo que busca; por ello hurga, escarba, devela. Es que tantas le han dado; es que tan pocas se ha merecido. En ella convergen la muerte y la vida, la desamparada y la ajena, la abandonada y la que siempre pertenece, la que se intuye en una conciencia que la subraya. Pero su cuerpo, su cuerpo a veces le queda ajeno, por no saber representar a la que vive en esos momentos, por no saber decir cuál de todas es, por no saber hacer el poema con los ojos. Entonces escribe, entonces se vive en tinta y en carne, liberándose, volviéndose autónoma. 

En el ejercicio de la escritura se sorprende, desborda aquella conciencia que la ha arremetido desde el vientre, porque tiene recuerdos, porque la infancia le tatuó la piel, la obsesión por vivir, por decir, por entender eso del tiempo, eso de la muerte, eso de la herida. En este ejercicio explora, busca su identidad, la que se establece entre su habitual dicotomía. 

La unificación que consigue al rasgar palabras, al darlas, al retocarlas, la instaura en un ámbito de doble nivel: espiritual y carnal. Uno como consecuencia del otro; o viceversa. Es decir, que el espíritu hable por su carne; que su carne embista su espíritu. Y así la entiendan, así la definan, mientras ella vive la experiencia del cuerpo, a veces como cárcel, a veces como idioma, un lenguaje siempre nuevo. Reconoce esta búsqueda (la de su identidad en la palabra) como compleja porque se intuye dividida, porque su experiencia del cuerpo no es gozosa, porque se detiene dentro de cada página blanca, en un terreno inmenso y terrible que la subyuga y satisface. Además, está en lo de fijar la existencia, lo trágico de la existencia como territorio sondable, pero desencantado al fin. Cuando escribe siente que encuentra, y que estampa. Y aunque el cuerpo de su poema a ratos se le escape hacia una mezquina necesidad de no poder decir, ella, sobretodo, abre, cava, nada, se adentra. 

Hablar de Florencia tiene que ser así, de lejos, de frente, de reojo acaso, para que no despierte, para que cuando lo haga, ella sólo se dedique a su acto natural, carnal, expiatorio, urgente; es decir, escriba; escriba y busque hasta alcanzar lo que la salva, lo que la sublima, porque yo también sé que más tarde alguien se acordará de nosotras (Safo). 


Valparaíso 
2002-2006

Publicado en: 
El mapa no es el territorio
Antología de la joven poesía de Valparaíso
2007

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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