26 julio 2012

Estética de la lluvia, algunos poemas.




BARRIZAL

Ahora que están embarrados los zapatos
pasan por aquí pajaritos silenciosos
que buscan la lombriz del descanso.

Buscan                   al igual que tú
una pasividad más cercana a este mundo.

Una brillantez a esta soledad de nubes repletas.

Aquella señal de que todo el entorno
no es más que una lombriz que insiste en arrancar.

Cuando anochece y te vas a dormir                                                                         
y te acercas a la lluvia desde tu ventana.

Mirando pájaros curiosos
silbando a la luna.



RASGUÑOS

Los árboles han decidido seguir los pasos del viento.

Un árbol en la acera ha decidido rasguñar tu rostro con sus ramas
transferir un nuevo deseo en el inicio del mutismo
dejar aparte el material mascullado de la soledad.

Y agachado como ahora en la vereda inmensa del trasnoche                                              
sangras de nieve y contorno
hasta socorrer el designio de esta suerte.

Sangras y dueles
a este árbol misterioso dueles.

Huyes      como los animales inútiles del tiempo
que han visto el cuchillazo de cerca
y por sobre todo de cerca
han visto el rayo maligno        
                           /caer
sobre el cuerpo desnudo de esta ciudad.



LA LLUVIA MATA PAJARITOS

No me digas que esta es la lluvia mata pajaritos
mientras desanudas tu mano de la mía
y me dejas así
inútilmente desecho a la orilla de esta ciudad.

No me digas que se ha venido el diluvio
ahora que el vapor de nuestras respiraciones
se asemeja a navíos que buscan asilo en el puerto.                                                 

El frío cala hasta los huesos.
Los perros son fieles pasajeros de la calle vacía
y tú me miras a lo lejos
dividida entre los árboles y el espejismo.

Te alejas y me miras
y no sabes si decirme ven
o huir despavorida al cité de tardes perfumadas.

No me digas que mañana no sabrás despojarme de aguaceros
de jamases y de nuncas
y de esta lluvia que aniquila. 



LLOVIZNA

Hay una sombra ahuyentada por los perros.
Hay peces agonizando en la cesta desierta.                                                            

Y nada hace suponer que en esta mañana
seguirán iluminados los rostros de las veredas.

Existes como niebla deshojada de plazas públicas
calientas el aire con tu oculto transitar.

Desde las ventanas de los colegios
te ven aparecer como el extraño que interrumpe la clase
entre un alumno y el pensamiento
entre la palabra clara y el destino
atravesando la capa del sopor y el deseo.

Hay una sombra ahuyentada por los perros                                                             
nada simplifica los ojos de la llovizna
y sin mirar hacia atrás
el caminante deambula jurándose ilusión.

Una limitada acepción del invierno
desde un rincón del camino.



NEBLINA

Hace frío. Las camisas tendidas
lloran en el patio.

Caminando por la vereda
deseo saborear el rouge de tus besos
y cortar la soga del desamor.

Me llevas por la Quinta Normal
a la hora en que la niebla cubre los asientos del parque.
El paseo es lento como mi voz en este poema.                                                      

Pero los días son a veces perversos.

Aparece la locura escondida

como una mirada bajo la escalera
y nos mudamos a un cuadro de Edvard Munch
con la costumbre insana de vivir en los extremos.
                                                                                                      
Atardece un aire nuevo en la ciudad
y una voz en la radio       me dice:

No hay nada que temer
hoy la ansiedad descansa
por nuestros antepasados.

A esa hora
la niebla se disipa en la Quinta Normal
y las camisas comienzan a secarse
tendidas en el patio.
 




RELENTE 

La humedad atasca la puerta
antes de entrar.                                                                                                       

El vapor del aliento
recuerda viejos sucesos
que ya no vuelven ni se ocultan.

Dentro de casa
el sentimiento de caparazón
anula los temores discípulos de la vida.

Las ganas de escribir una historia
que hable de toda esta leve tibieza.

La luz que tienta a la sombra
en conocerse.



* * *

Raúl Hernández (Santiago, 1980).

Poeta y bibliotecario. Ha publicado los libros Poemas Cesantes (La Calabaza del Diablo, 2005), Paraderos Iniciales (La Calabaza del Diablo, 2008), Polaroid (Lanzallamas Libros, 2009), Caligari (Ripio Ediciones, 2010), y Estética de la lluvia (La Calabaza del Diablo, 2012)

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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