27 diciembre 2011

La infancia de mi procedimiento


La sala era amplia y de madera, con ventanas altas y vista al mar. Era el año 1984, creo, y yo tenía 8 años, estudiaba a dos cuadras de mi casa en un colegio religioso donde sólo iban mujeres. No éramos muchas por curso. Y no eran demasiados cursos tampoco. El colegio era más bien humilde, con un hall amplio con baldosas, pero un gran patio donde yo debía correr para salvar mi vida, la que, según mi hermana -que se convirtió en mi compañera de curso debido a que como aprendí a leer sola, me trasladaron dos cursos más superiores al mío- peligraba debido a la visita de un cura malvado que vendría a cortarme la cabeza... si no corría. Y una iglesia, donde viví la única confesión que me hiciera rendir en mi vida una situación impuesta como la primera comunión. 

Recuerdo haberle pedido a mi madre mayores explicaciones acerca de esa experiencia, de qué se trataba realmente, qué era eso de que dios entrara en uno o algo parecido, comer ese pan con nombre extraño, hacer un ritual para marcar qué cosa, en fin. Ella, ingenua, me envió a conversar con una religiosa, y no creo tener ningún recuerdo de ese diálogo. Pero sí recuerdo la confesión, invasiva, con silencios cortados, impertinente a mí.

Pero por sobre todo recuerdo mi curso, mis compañeras con sus nombres, peinados y letras. Las amadas clases de caligrafía, copias y dibujo (con música clásica de fondo), la enagua de la religiosa que nos tenía a su cargo y que veíamos cuando nos desatábamos bailando y ella como gran gesto subía su hábito para dejar ver "algo más" a sus pequeñas cómplices.

Recuerdo esa sala gigante abrirse cuando una compañera llegó con la foto que había salido en el diario de mi padre muerto, la foto estaba cortada con los dedos, comida por el borde, lo que la hacía ver más cruda, y la mostraba como si tuviera en sus manos un hallazgo excéntrico del que se sentía dueña. 
Nueve años tenía yo cuando sucedió ese hallazgo, en mí. 
Nueve años y tal vez cinco ya, había pasado en esa sala, de mi vida.

La caligrafía, mi apasionada destreza a esa edad, marcó mi actitud hacia la escritura. Hasta el día de hoy pienso y siento que si no voy a escribir con letra pausada mejor no lo hago. Los diarios dan cuenta de eso. Los diarios que también comenzaron a los 8 o 9. Porque pareciera que toda la vida comenzó a los 9 y que toda la muerte se mostró a los 9 y que todas las sensaciones del mundo sólo se podían vivir a los 9. 

Me pregunto en qué momento identifiqué mi goce material de la letra con la poesía. Con hacer poesía. Con escribirla. Con dibujarla en la hoja. Con desplegarla en la plana de un ojo que no se cierra. 

También me pregunto acerca de las muñecas, la infancia del procedimiento, la infancia de la mano que se mueve, la infancia de la voz que se acrecienta. La infancia del cuerpo que ya no es este.

Fui tan feliz en mi infancia, amé tanto a esa persona tranquila, cariñosa y preocupada que era mi padre. Amé tanto a esa niña loca y descarnada que era mi hermana. Amé sobremanera a esa mujer hermosa que me daba todos los significados que yo quería de cualquier palabra, que era mi madre. 
Y aún lo hago. Y aún lo soy. Aun más.

Y hoy, esta sala, la que recorro cada vez que habito mi trabajo, porque hoy trabajo en ese colegio que sólo de aquél conserva la sala y la iglesia, tal vez el ancho patio salvaje, me trajo a todas esas niñas de antes o tal vez las hizo sacar de mí como se extrae de la memoria el juguete más llorado, y se dispuso a recibirme, sentada yo en esa mesita de madera, recibiendo la luz de ese sol envejecido por años, y tomada también por una niña blanca que ayudaba a su madre profesora a ordenar los materiales para entregar el lugar a dos meses de fantasmas e inmovilidad.

Este año de trabajo y estando en más de alguna ocasión dando clases a mis alumnas, me sentí llevada al pasado por ellas. Por la manera que tienen de subrayar las palabras que ellas creen importantes, por la forma en que imprimen dibujos en las primeras hojas de sus cuadernos, por el modo en que eligen sus mochilas o bolsones, por inventar sistemas de lenguaje para que nadie las entienda, por escribirse secretos en las palmas de las manos y olvidar borrarlos. 

Cuando pierdo el misterio de ese lugar amado por la época en que lo habito, sólo me basta acudir a los años '80 de este pueblo con microclima y mar, San Antonio de Chile. Irme tarde o temprano a las edades del privilegio y la osadía, y rescatarme de esta rutina y tedio de la adultez, llevarme como quien se lleva al médico para que la salve de una enfermedad mortal, despertarme como se despierta a un animal que ha dormido por mucho tiempo y ha perdido el contacto con su consciencia antigua, o tal vez aún más simple, sólo hacer un ínfimo ejercicio fotográfico que no toma más de diez segundos, y posicionar a la que ha crecido por fuera, en el espacio de los que han partido -Mi profesora jefe de entonces, mi padre, la ciudad de ese tiempo y toda su carga- dejarla ahí para que recupere el nombre, o arrojarla de vez en cuando para que aprenda a nombrar (si es que se puede), abandonarla imbuida en sus ejercicios caligráficos por horas para que nadie la moleste; que no venga nadie a interrumpirla con ninguna fotografía del asombro, con ningún anuncio de visita, ni mucho menos con una toma de confesión que la juzgue.

Déjenla aquí con sus palabras y sus lápices; sus miedos, pocas amigas. Y sus muertos.


2 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

No hay duda que el oficio de escribir requiere de irnos desangrando internamente, a solas y en inasibles espacios de tiempo.

Saludos
y Felices Fiestas!!!

http://facebook.com/jorgeampuero777

Ernesto Guajardo dijo...

Buenísimo, muy buen texto. De esos que llenan la cabeza, pero también el pecho. Desde la infancia del procedimiento, hasta el procedimiento de la infancia. Profundidad y precisión. ¡Saludos!

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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