24 noviembre 2011

Una relación con la palabra, Cynthia Rimsky.



Recuerdo que terminé de leer el texto que la sicoanalista me había encargado escribir la sesión anterior. No recuerdo el tema, ni en qué forma me hizo dirigir la mirada a ciertas palabras que había o se repetían en la página, preguntándome por qué las había usado y qué significado tenían. Hacía años que escribía, exactamente desde los once, sin embargo, con ningún intento quedaba conforme. No recuerdo si me pidió que las subrayara o yo tracé una línea bajo ellas. Sí recuerdo que por primera vez noté una distancia entre el texto y yo, y en vez de ver lo que yo sentía (y no lograba transmitir), tuve ante mis ojos un grupo de palabras.

¿Quiénes eran esas palabras?, ¿cómo habían llegado a mi vida?, ¿en qué circunstancias? La sicoanalista me dijo que podía comenzar buscando en un diccionario etimológico y me dirigí hacia la Biblioteca Nacional. Fue un alivio no encontrar persona conocida en el camino y así salvarme de explicar que iba en busca de unas palabras.

El diccionario tenía muchos tomos, muy pesados. Cuando los hube reunido sobre la mesa, me dispuse a leer. Me pregunto si alguien se percató aquella tarde, en la sala de Referencias y Bibiliografía, de la presencia de una mujer joven que leía un diccionario etimológico y no cesaba de llorar y llorar. No hay nada extraño en llorar con una novela o con un poema, pero llorar con un diccionario etimológico… Por otra parte, cómo no llorar ante la fosa donde iban cayendo las palabras que me habían acompañado en mis días y noches de soledad, angustia, tristeza; descubrir su falsedad no menguaba la pérdida. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió hasta que logré calmarme o al menos dejar de llorar. Me sentía demasiado frágil para levantarme, ubicar los tomos en sus respectivos anaqueles, rescatar mi carné y salir a la calle junto a mi antigua identidad.

Como en mi rostro persistían las huellas del llanto, no me atrevía a levantar la cabeza. Así fue como volví los ojos nuevamente hacia las palabras y caminé entre las ruinas con un pañuelo. A medida que paseaba, comenzaron a maravillarme las historias que se tejían alrededor de aquellas palabras -que aparecían nuevas, refrescadas, alegres-, y de sus usos; me dejé llevar por el eco, encantada con las relaciones que iba descubriendo, los mundos y las voces que se cruzaban. Las palabras eran caminos que me proponían seductoras búsquedas que hacían cosquillear las plantas de mis pies y hubiese querido dejarlo todo para ir tras ellas.  

Si esto me produjo un inmenso alivio, imagino el alivio que deben haber sentido las palabras cuando dejé de atormentarlas porque no expresaban exactamente lo que yo sentía. Como atormentan los niños a los animales, cuando quieren obligarlos a realizar gestos o movimientos que son propios de los humanos, así llevaba yo años fustigando a las palabras y a mi con ellas.

Ahora las palabras estaban de un lado de la mesa y yo del otro. Si quería atraerlas hacia la página, iba a tener que conocerlas, descubrirlas, estudiarlas, seducirlas, llamarlas, construirles un nido donde se sintieran cómodas, caminos que las condujeran a esos nidos, jardines para que salieran a pasear, un bosque a través del cual pudieran volver a casa.

Años más tarde encontré una explicación acerca de la Torah que bien podía servir para las palabras: “Una bellísima y majestuosa doncella está recluida en una cámara aislada de palacio, y tiene un amante cuya existencia sólo ella conoce. Por amor a ella, él pasa por su reja incesantemente y voltea los ojos en todas direcciones para descubrirla. Ella sabe muy bien que él está por siempre rondando el palacio y, ¿qué hace al respecto? Abre de par en par una pequeña puerta en su recámara secreta, por un instante revela su rostro al amante y luego rápidamente se retira. Sólo él, nadie más, se da cuenta; pero él sabe que es por amor a él que ella se le ha revelado por un instante, y el corazón, el alma y todo en el interior de él se dirigen hacia ella. (…) Cuando por fin él está en términos cercanos, ella le descubre su rostro y sostiene una conversación con él acerca de todos sus misterios secretos y todos los caminos secretos que han estado ocultos en su corazón desde tiempo inmemorial. Así un hombre se hace un verdadero adepto a la Torah, un "señor de la casa", pues a él, ella le ha descubierto todos sus misterios sin guardar ni esconder uno solo....” (El Libro del Esplendor)

Desde entonces he logrado concluir con muchas dudas cuatro novelas, cuatro caminos, cuatro formas de relacionarme con las palabras. No sé si he logrado superar los conflictos que me condujeron al diván, no sé si se solucionan o se miran desde otro lugar, pero las palabras y yo tenemos una relación, somos dos rostros. 
Algunas veces, en mis talleres, propongo que escojan una palabra y la busquen en un diccionario, en Internet, o que recuerden un suceso de su infancia, que la mantengan en la boca, sientan su peso, su olor. A diferencia del psicoanálisis, ignoro lo que ocurre en sus vidas, cuáles son sus conflictos, tampoco los conversamos, pero cuando vuelven con el ejercicio escrito, traen un brillo distinto en la mirada. No es el diván, no es el taller, es la palabra. 




Cynthia Rimsky nació en Santiago de Chile en 1962. En el 2001, tras regresar a los países de donde emigraron sus antepasados, publica la novela Poste restante (re editada el 2010). El año 2002 recibe la beca Fundación Andes para residir en el norte del país y escribir La novela de otro (2004). En el año 2009 publica Los perplejos, que combina el viaje con su personal investigación sobre Maimónides. En el 2011 participa en la antología Junta de vecinas (España) y publica Ramal, novela con fotografías, con el Fondo de Cultura Económica.


Texto publicado en:
Istmo, Revista de literatura & psicoanálisis
Año 5/6 , 2011 / número especial: narrativa chilena
ISSN 0718-2821

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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