25 noviembre 2011

Una relación casi maníaca con los instrumentos gráficos



¿Tiene un método de trabajo?

Todo depende del nivel en el que coloque la reflexión sobre el trabajo. Si se trata de proyectos metodológicos, no los tengo. En cambio, si se trata de prácticas de trabajo, es evidente que las tengo. Por lo tanto su pregunta me interesa en la medida en que una especie de censura considera justamente ese tema como tabú, con el pretexto de que sería fútil para un escritor o un intelectual hablar de su escritura, de su timing o de su mesa de trabajo
Cuando mucha gente se pone de acuerdo para considerar sin importancia un problema, es porque generalmente la tiene. La insignificancia es el lugar de la verdadera significancia. He aquí por qué me parece importante interrogar a un escritor sobre su práctica de trabajo. Y eso, colocándose en el nivel más material, echar abajo ese viejo mito que continúa presentando al lenguaje como el instrumento de un pensamiento, de una interioridad, de una pasión, o quién sabe qué más, y a la escritura, en consecuencia, como una simple práctica instrumental.
Como siempre, la historia nos indica, por otra parte, el camino a seguir para comprender que actos muy laicizados y futilizados entre nosotros, como la escritura, están en realidad pesadamente cargados de sentido. Cuando se vuelve a colocar a la escritura en el contexto histórico, incluso antropológico, nos damos cuenta de que durante largo tiempo estuvo rodeada de todo un ceremonial. En la antigua sociedad china, uno se preparaba para escribir, es decir para manejar el pincel, al término de una ascesis casi religiosa. En ciertas abadías cristianas de la Edad Media, los copistas se dedicaban a su trabajo sólo después de un día de meditación. 
Personalmente, llamo al conjunto de esas "reglas" -en el sentido monástico del término- que predeterminan la obra (es importante distinguir las diferentes coordenadas: tiempo de trabajo, espacio de trabajo y gesto mismo de la escritura), "protocolos" de trabajo. La etimología es clara: significa la primera hoja que se pega antes de comenzar.


¿Eso quiere decir que su trabajo se inscribe dentro de un cermonial?

De cierta manera, sí. Tomemos el gesto de la escritura. Diré que tengo una relación casi maníaca con los instrumentos gráficos. Los cambio bastante a menudo, por simple placer. Pruebo nuevos. Por otra parte tengo muchos lapiceros, demasiados. Ni siquiera sé qué hacer con ellos. Sin embargo, desde el momento en que veo alguno me dan ganas, no puedo dejar de comprarlos. 
Cuando los plumones aparecieron en el mercado, me gustaron mucho (el hecho de que fueran de origen japonés era un elemento más, lo confieso, para que me gustaran). Después me cansé de ellos, porque tienen el defecto de ponerse gruesos demasiado rápido. Utilicé igualmente la pluma: no la "sergentmajor" que es muy seca, sino plumas más blandas como la "j". En resumen, probé de todo... Salvo la punta "bic", con la cual decididamente no tengo  ninguna afinidad. Incluso diría, con maldad, con un poco de maldad, que existe un "estilo bic" que es verdaderamente una "orina-copia", una escritura puramente transcriptiva de pensamiento. 
En definitiva, siempre vuelvo a las buenas plumas fuente de tinta. Lo esencial es que puedan procurarme esa escritura suave a la que me aferro absolutamente.


¿Por qué usted escribe todas sus obras a mano?

No es tan simple. Hay que distinguir, en lo que a mí respecta, dos estadios en el proceso de creación. Primero, está el momento en que el deseo se inviste en la pulsión gráfica, culminando en un objeto caligráfico. Luego, está el momento crítico en el que este último va a ofrecerse a los otros de manera anónima y colectiva, transformándose a su vez en objeto tipográfico (y es necesario decirlo: comercial; comienza ya en ese momento). En otros términos, primero escribo el texto entero con pluma. Luego lo retomo de punta a punta a máquina (con dos dedos porque no sé escribir a máquina). 
Hasta el presente, esas dos etapas -la primera a mano, la segunda a máquina- de alguna manera eran sagradas para mí. Pero debo precisar que estoy efectuando una tentativa de mutación.
Acabo de regalarme una máquina de escribir eléctrica. Todos los días practico durante media hora, con la esperanza de reconvertirme a una escritura más dactilográfica. 
Lo que me llevó a esta decisión fue primero una experiencia personal. Como tenía tareas múltiples que cumplir, a veces me vi obligado (no me gusta mucho, pero me ocurrió) a dar textos a dactilógrafas. Cuando reflexioné me sentí muy molesto. Sin hacer ninguna clase de demagogia, eso me hizo pensar en la alienación de esa relación social, donde un ser, el copista, es confinado frente al amo, en una actividad yo diría casi esclavista, mientras que el campo de la escritura es precisamente el de la libertad y el deseo. En resumen, me dije a mí mismo: "Sólo hay una solución. Hay que aprender verdaderamente a escribir a máquina". Por otra parte, Phillippe Sollers, a quien le hablé del asunto, me explicó cómo, a partir del momento en que se logra escribir a una velocidad suficiente, la escritura directa a máquina creaba una especie de espontaneidad particular que tiene su belleza.
Confieso que mi conversión está lejos de ser adquirida. Incluso dudo que algún día pueda dejar completamente de escribir a mano, por pasatista e individualista que eso sea. En todo caso, en eso estoy. Francamente, trato de comenzar la mutación. Y ya mi prejuicio cedió un poquito. 


¿Atribuye igualmente importancia al lugar de trabajo?

Soy incapaz de trabajar en un cuarto de hotel. No es el hotel en sí lo que me molesta. No se trata de un asunto de ambiente o decorado, sino de organización del espacio. ¡No en vano soy estructuralista, o me atribuyen ese calificativo!
Para que pueda funcionar, debo tener la posibilidad de reproducir estructuralmente mi espacio laborioso habitual. En París, el lugar en el que trabajo (todos los días de nueve y media a una de la tarde; ese timing regular de funcionario de la escritura me conviene más que el timing aleatorio que un estado de excitación continuo supone) se sitúa en mi cuarto de dormir (que no es el lugar donde me lavo o tomo mis comidas). Se completa con un lugar para la música (toco el piano todos los días, más o menos a la misma hora: dos y media de la tarde), y por un rincón de "pintura", con muchas comillas (más o menos cada ocho días, ejerzo una actividad de pintor dominguero; necesito pues un lugar para embadurnar). En mi casa de campo, reproduje exactamente esos tres rincones. No importa si no están en el mismo cuarto. No son los tabiques, sino las estructuras las que cuentan.
Pero eso no es todo. Es necesario que el espacio laborioso propiamente dicho esté dividido también en un cierto número de microlugares funcionales. Debe haber primero una mesa (me gusta que sea de madera. Tengo una buena relación con la madera). Necesito un espacio libre lateral, es decir otra mesa donde pueda extender las diferentes partes de mi trabajo. Y luego necesito un lugar para la máquina de escribir y un pupitre para mis diferentes "mementos", "microplannings" para los tres días siguientes, "macroplannings" para el trimestre, etc. (Fíjese que no los miro jamás. Su simple presencia me basta). Finalmente tengo un sistema de fichas de formas igualmente rigurosas: un cuarto del tamaño de mi papel habitual. Así eran hasta el día (es para mí uno de los golpes más duros del Mercado Común) en que las normas de tamaño fueron completamente cambiadas dentro del marco de la unificación europea. Felizmente, no soy totalmente obsesivo. Si no, tendría que haber retomado a partir de cero todas mis fichas desde la época en que comencé a escribir, hace veinticinco años. 


Como es ensayista y no novelista ¿cuál es la parte de documentación que entra en la preparación de su trabajo?

Lo que me gusta no es el trabajo de erudición. No me gustan las bibliotecas. Leo muy incómodo allí. Me gusta la excitación provocada por el contacto inmediato y fenomenológico con el texto tutor. No busco pues constituir una biblioteca previa. Me conformo con leer el texto en cuestión, y eso de manera bastante fetichista: anotando ciertos pasajes, ciertos momentos, incluso ciertas palabras que tienen el poder de exaltarme. Al mismo tiempo, registro en mis fichas ya sea citas, ya sea ideas que se me ocurren, y esto, curiosamente, ya lo hago con un ritmo de frase, de manera que desde ese momento las cosas toman ya una existencia de escritura.
Después, una segunda lectura no es indispensable. En cambio, puedo asegurar cierta bibliografía, porque de allí en adelante, me encuentro sumergido en una especie de estado maníaco. Todo lo que leeré lo relacionaré inevitablemente con mi trabajo. El único problema es evitar que mis lecturas de diversión interfieran con las que destino a la escritura. La solución es sumamente simple: las primeras, por ejemplo un clásico, o un libro de Jakobson sobre lingüística que me guste particularmente, las realizo en la cama, a la noche, antes de dormirme. Las otras (igualmente los textos de vanguardia), por la mañana en mi mesa de trabajo. No hay nada de arbitrario en esto. La cama es el mueble de la irresponsabilidad, la mesa, el de la responsabilidad.





Roland Barthes
*Fragmento de entrevista aparecida en Le Monde, 27 de septiembre de 1973. Opiniones recogidas por Jean-Louis de Rambures.

No hay comentarios:

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

.

.