Concibo la actividad creadora como el prurito de mantenerse vivo por partida doble. En el arte y en la poesía, la creatividad se mantiene al nivel del instinto, aguda, fervorizada, eruptiva; acaso, como una abeja reina provee del elemento fecundante a los departamentos estancos en que se procede a las pacientes incubaciones. Pues está claro que la relación del lector de poesía con la literatura poética es sólo una y de las más limitadas que sostiene el hombre con la poesía. Todo individuo genuinamente vivo es un poeta: padece de ese exceso vital que lo hace saltar por encima de sí mismo y desentenderse de la medianía.
Si se tratara de asumir una misión, yo diría que la poesía actual debiera enfrentar el mundo con un rostro lo suficientemente despejado como para que se reflejaran en él los monstruos que engendra el sueño de la razón, los maniquíes que engendra la duermevela de la inteligencia práctica, futurizando todos los vicios del mundo moderno en imágenes de presumibles catástrofes.
La literatura es el reflejo artístico de la realidad objetiva, afirma Lukács. Demasiado drástico para la poesía, que tiende naturalmente a desrealizar lo objetivo y a objetivar lo subjetivo, centrándose en un tercer campo, de transición entre lo real y lo fantástico. Aspiración a una síntesis entre ambos términos. Falta una palabra para bautizar el híbrido de la cigarra y de la hormiga, que se identifica con "el vuelo de la imaginación científica", capaz de todas las realidades, permaneciendo, no obstante, en tierra ya sea por impotencia, ya sea para inquietar con su canto a los hormigueantes trabajadores tecnológicos que pueden hacer explotar científicamente el hormiguero con su frenética actividad deshumanizada.
Enrique Lihn
*Revista Orfeo, Stgo., núms. 33-38, 1968.

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