03 noviembre 2010

Estación de Ferrocarriles, San Antonio.

 Estación de trenes de San Antonio, 1910.


Habíamos construido una estación. Nuestra familia se vino en tren y llegó a aquella, había maletas, había hijos, había trabajo, había sol. El puerto anunciaba hacia donde iba el sol. El tren codiciaba la velocidad de ciertos pájaros mas no la dureza de una piedra en extinción. La muerte les tenía un espacio guardado en el sello de arena, los varones crecerían tarde junto con las esquelas en los cajones atascadas. El padre fue recibido en ferrocarriles no sabemos en qué circunstancias, pero cuando el tren lo arrolló, decapitando un brazo como si fuera dos, cercenando ambas piernas como si fuera una, no hubo otra sorpresa que seguir pariendo en el hospital al último hijo de los ocho. 

Los dolores del parto arrecian en los huesos, y dolían el doble, porque eran sus huesos los que se partían en nombre de la que engendraba en la pobreza un octavo. Guardavías, guardavidas, da lo mismo. El trabajo nunca fue condición vergonzosa para ninguna. Soles extremos tatuándose en la cara, brazos morados de tanto lavar y tensionar por el agua, ollas inmensas que no acababan de multiplicar, un tocadiscos que alargaba el tiempo como si se acabara, como si el tiempo del tren fuera el tiempo de la senectud. Hacia allá nunca pensaron pero fueron. Cartagena la grande, había sido víctima de la aristocracia que todo lo revienta. San Antonio parecía más iluso de habitar, Llolleo supo aunar el carácter del abandono en conjunto con un futuro algo auspicioso de balneario exento de ruido. Allí crecieron mientras la historia prometía el horror. Repartidos en todas las casas para que pudiesen estudiar lo justo, los varones abrazaron el trabajo más temprano, sindicatos los recibieron cuando pertenecer a uno era signo de digna postura. Política, inevitablemente. Organizarse para comer para descansar para dormir y por lo tanto, de manera inexorable, para subsistir. De gloria nada más que un carnet con colores primarios de un equipo de fútbol, de dinero algo para salvar las navidades, pero más calor y muchas fotografías de una vida con ritmo de juventud. 

Luego vinieron los traslados debido a la jornada, cambios de casa, un gobierno flameante que abría los brazos para que la libertad fuera nada más que un trabajo mejor, un pasar en blanco y negro brillante, formar familias que todas juntas sortearan la misma soledad que provenía del gran corte aquel. Y vinieron hijos, vinieron gatos, vinieron autos, (mini, datsun, pony, opala) vinieron vecinos, vinieron pasajes adornados con banderitas de papel volantín en diagonal, cabezas rubias pequeñitas instaladas en la mesa a la hora de once, en la marraqueta tostada con mantequilla y el tazón de Felicidad con té. Vinieron luchas simples y diáfanas. Vinieron alegrías provocadoras y tristezas infames, pero siempre que vinieron se permanecía juntos. No hubo grandes decisiones, y si las hubo no entorpecían el deseo de los demás de seguir. Siempre hubo pan, crianza, vestiditos de lana blancos, zapatitos regalados desde antes, ovejitas de plástico enmohecidas por tantas infancias usadas. 

Habíamos construido una estación. Digo habíamos porque también era yo, porque esa ruina también soy yo, porque en esos escombros estamos todos ahí. Las grietas y ratas invaden la ciudad. Los trenes apenas concuerdan en escribir malamente la línea que queda, pasan como un ánima por entre una ciudad que olvida a cada momento lo que es. Si tan sólo pudiésemos seguir escribiéndola como otros comenzaron, hacerle los recorridos encima, repasar el subrayado de su eje, destacar sus bordes bien finito para que no se caiga. Habíamos construido una inmensa, honda, infinita estación, en donde cabíamos todos. Ahora esparcidos por la pared del frente, la de internit celeste que imita el pigmento de las aguas de mar, desorientados como hormigas hacemos los pasos una y otra vez, otros ni siquiera se preguntan qué fue de esa construcción que hicimos para recibir, a los que de fuera comenzaban a llegar, a los que de tanto partir terminaron quedándose e instalaron en cada uno de nosotros una familia gigante que dibujó la viuda en nuestros corazones con forma de vagón.

*Frente a esa estación de ferrocarriles, que hoy es una ruina abandonada,frente a la plaza de San Antonio, está ubicado el Casino-Mall, inmensa caja de cemento que entorpece la vista y más.

1 comentario:

Matías Muñoz Carreño dijo...

La vida en el puerto viejo. El tiempo no funciona como debería allí, no crees? Las historias se confunden y entretejen. Cual madeja de un solo recuerdo común.
De alguna exquisita manera, todos hemos vivido la misma vida.

Un abrazo, Florencia.

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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