27 septiembre 2010

La ruina como objeto


Hay algunas buenas razones para decir que el siglo XX habrá sido el siglo del objeto, o de los objetos, plurales, múltiples. Este rasgo singulariza el siglo respecto a todos los demás siglos. 
Ahora, se impone esta pregunta: ¿hay en la multitud anónima de los objetos del siglo -que lo singulariza en la sucesión de los siglos- un objeto que se singularice? ¿Hay un objeto singular que singularice ese siglo de los objetos?


El objeto

¿El objeto del siglo de los objetos?
Para responder, se podría proponer la revisión de los objetos del siglo, hacer desfilar las creaciones más asombrosas. Aunque fastidioso, tal ejercicio no carecería de interés. Por otro lado, en la marea indefinidamente creciente de los objetos de todas las clases, en ese cuerno de la abundancia desbordante que es el siglo, resulta una tentación constante elegir un objeto entre todos los objetos, distinguir un objeto Uno en el océano de los objetos de la época de la reproducibilidad hiperbólica. Honrar un objeto, únicamente, en la masa indistinta de lo Mismo. Aplicando así a los objetos industriales y comunes la lógica propia de las obras de arte, los museos, como en Beauborg, lo hacen a veces, distinguiendo un mezclador o una cuchara de sopa que nos presentan fastuosamente instalados en el hueco de un joyero como si se tratara, cada vez, de la última estatuilla de Miguel Ángel. Para semejante elección de objetos, una vez agotada la letanía de razones sociológicas, siempre insuficientes, llegamos finalmente a las razones estéticas y al juicio del gusto, siempre incierto. Lo propio de las obras de arte es, precisamente, que exigen ser tratadas en singular, una por una y no en conjunto, en una producción homogénea; la unidad que opera en el Arte es la obra, mientras que la unidad de la creación industrial es la serie; una + una + una, las obras de arte suponen y entrañan, pues una lógica del no-todo, de un conjunto nunca terminado; el Artes es no-todo, y asimismo, hablar de Arte en general será invocar un conjunto no consistente constituido por objetos que sólo tienen en común el ser, cada uno de ellos, singularidades distinguibles y distinguidas.
El problema del objeto en el siglo parece ordenarse, pues, según una dialéctica de lo singular y de lo plural. La realidad moderna de una producción industrial masiva superabundante descubre el hecho de una multiplicidad fundamental del objeto, que es, por su naturaleza de objeto, reproducible, diverso y múltiple. El objeto es esencialmente numeroso. Por una parte. Pero también, objetos como  las obras de arte exhiben una profunda singularidad del objeto: sin duda, irreproducible, e irreductible para cualquier otro y para cualquiera que sea el otro. El objeto es esencialmente único. En esta otra vertiente. 
Objeto diverso y único, reproducible e irreproducible, todo a la vez. Esencial multiplicidad y unicidad del objeto. Ahora, ya no basta con develar esos dos rostros y ponerlos frente a frente; aún habría que ver si no se cruzan, si los objetos múltiples no recubren al Objeto único y singular y si el Objeto singular y único no está en el principio de la pluralidad indefinida de los objetos. 


Ruina

Admitamos que se emprende la revisión detallada de los objetos notables, en busca del objeto que, al terminar la cuenta -saltemos inmediatamente a lo esencial-, sería como la firma de este siglo; una vez declinada la larga lista de todos los objetos nuevos e interesantes producto de la ciencia contemporánea, de sus técnicas, de la imaginación y del genio humano, finalmente daríamos, inevitablemente, con lo siguiente: el objeto que verdaderamente caracterizaría mejor el siglo XX es la ruina.
Aunque inesperado, es sin embargo un objeto bien formado, conforme a una concepción común del objeto -ocupa un lugar en el espacio, se produce, es accesible a los sentidos, etc.- aún así, en la práctica, se presenta como ligeramente desestructurado. Y difícil sería negar que la ruina tiene en el bolsillo todos los títulos para erigirse como monumento del siglo XX, si queremos convenir en que el mundo humano nunca conoció, en el pasado, semejante superproducción de destrucciones. Construir una ruina, nueva, moderna, a guisa de monumento, debe destacarse, fue idea del arquitecto Albert Spencer. En todo caso, si tiene sentido llamar el siglo XX "siglo del objeto" entonces también tiene sentido llamarlo exactamente el "siglo de las ruinas".
El problema está en que en el instante en que se le concede este título, en cuanto se ha dicho que la ruina es la mejor signatura del siglo, exactamente en el mismo movimiento, este enunciado historiza el siglo, lo generaliza, lo compara y en verdad lo disuelve en la sucesión de los siglos, de modo que ya no se puede ni siquiera hablar, con una palabra consistente, de la ruina como del objeto del siglo. Porque no será difícil reconocer que la ruina se fabrica desde los tiempos más remotos, y que en verdad las hay desde que el hombre es hombre, exactamente desde el momento en que tuvo algo de memoria. La ruina es consustancial al hombre como ser hablante, simplemente, a su facultad de marcar y de narrar su historia. La ruina es ciertamente un objeto, pero no es puro; es un objeto parlante, es el objeto que habla, como lo podía decir Freud de las estatuillas antiguas que coleccionaba: "¡Las piedras hablan! Me hablan de países lejanos."
La ruina es el objeto en-tanto-que-habla, el objeto que se ha vuelto elocuente, que fue devorado por la palabrería, reducido al estado de vestigio, de signo. En este sentido, decir que hay una ruina equivale también a decir que hay lenguaje. Y, recíprocamente, decir que hay lenguaje es ya anunciar la ruina. 
Así, tenemos, sin duda, un objeto especial, pero, también, al mismo tiempo, este objeto especial impide precisamente singularizar el siglo en la cohorte de los siglos. Teniendo la ruina en mente, no se puede decir el objeto del siglo "de un soplo", para hablar como Jean-Claude Milner.
Si se trata de singularizar el siglo mediante un objeto, entonces hay que ponerse a buscar un objeto que sería como tal no historizable, es decir, a la vez absolutamente nuevo y singular, surgido específicamente en este siglo, e irreproducible, incomparable y sin doble. 



Gérard Wajcman
*fragmento del artículo "El arte, el psicoanálisis, el siglo".
LACAN. El escrito, la imagen.
Siglo xxi editores
2001

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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