23 julio 2010

Otros márgenes

Zonas de dolor III (1980). Video-performance (3:09 minutos) La escritora besa a un vagabundo


Por otra parte me he resignado a la idea de que tengo la cabeza que tengo y no otra, sólo tengo la sintaxis que tengo. Mi lugar de conmoción estética y social, debo reconocerlo, está puesto en lados que resultan esquivos, en ciertos lugares en los que el poder o la norma, o el convenio (o como se llame) tiende a ajustar cuentas que al final siempre resultan desfavorables, desfavorecidas. Ejemplar me ha resultado lo que ha sido mi observación de los códigos dominantes -para decirlo de alguna manera- chilenos. Me refiero a esos comportamientos que me parecen excluyentes o reductores, aquellos que, desde su anacronismo de clase o desde su voracidad económica, tejen condicionantes de conductas, cuando no estereotipadas, represivas.

Pero, detrás de esto, está una de las pocas convicciones que me rigen y que es la conciencia de pertenecer a un país con múltiples dificultades sociales, un país marcado por la desigualdad. Por esas desigualdades que experimentan hombres y mujeres chilenos que son ya viciosas, es que, quizás, deposito mi único gesto posible de rebelión política, de rebeldía social al poner una escritura en algo refractaria a la comodidad, a los signos confortables. Quizás me equivoque en todo lo que he dicho y más aún, parece que el febril y comercial uso de los tiempos me desmiente, pero sigo pensando lo literario más bien como una disyuntiva que como una zona de respuestas que dejen felices y contentos a los lectores. El lector (ideal) al que aspiro es más problemático, con baches, dudas, un lector más bien cruzado por incertidumbres. Y allí el margen, los múltiples márgenes posibles marcan, entre otras cosas, el placer y la felicidad, pero además el disturbio y la crisis.

Como yo no nací en cuna de oro y me enfrento diariamente a salvar la subsistencia de mi familia y la mía propia, estoy a perpetuidad en la vereda de las trabajadoras y porto la disciplina, pero también la rebeldía legítima y legal de la subordinada social. Por eso, tal vez, desde mi infancia de barriobajo, vulnerada por crisis familiares, como hija de mi padre y de sus penurias, estoy abierta a leer los síntomas del desamparo, sea social, sea mental. Mi solidaridad política mayor, irrestricta, y hasta épica, es con esos espacios de desamparo, y mi aspiración es a un mayor equilibrio social y a la flexibilidad en los aparatos de poder.




Diamela Eltit
Emergencias
Escritos sobre literatura, arte y política
2000

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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