10 junio 2010

Castidad amenazada


Alineados con los "Antiguos", los conservadores sostenían que la mujer moderna estaba destruyendo la vida familiar y los valores sociales. El debate sobre las mujeres no era, por supuesto, ninguna novedad. Durante siglos habían flotado en el ambiente preguntas sobre el propósito de la mujer o sobre si ella podía o no ser educada, pero tales cuestiones adquirieron renovada importancia durante las últimas décadas del siglo XVII cuando la corte proporcionó a las mujeres un acceso a la educación sin precedentes. Hacia finales de siglo, las tasas de alfabetización de la aristocracia eran más altas entre las mujeres que entre los hombres, y ellas se habían convertido en productoras de cultura y en árbitros del gusto literario. Piénsese en Sévigné, preferida tanto de la corte como de los salones, que aprendió a cantar, bailar y cabalgar, tomó lecciones de declamación, estudió latín, español e italiano, tuvo acceso a una extensa biblioteca y se convirtió en una de las mujeres más cultas de su tiempo. Sus cartas, llenas de animadas descripciones de veladas extravagantes, peligrosas intrigas sociales y, evidentemente, historias de tocador, ayudaron a lanzar un nuevo género literario, la novela epistolar, que florecería durante el siglo XVIII.

La vida de los salones era motivo de controversia. Los salones promovían el feminismo antes de la existencia del término. Algunas intelectuales prominentes luchaban por conseguir reformas legales que dieran a la mujer el derecho a decidir casarse o permanecer soltera, el de negarse a tener hijos y el de encargarse de sus propios asuntos (y más tarde, cuando sus cuentos de hadas fueron finalmente publicados, expresarían en ellos estos conflictos). Además, las anfitrionas de los salones tenían tanto poder, que la aprobación de algunas de ellas constituía un prerrequisito no oficial para ser elegido miembro de la Academia. Sin embargo, al mismo tiempo que eran centros del progreso, los salones se convirtieron en objeto de escarnio y blanco de burla. Los conservadores los consideraban burdeles elegantes y censuraban la mezcla de clases y sexos que se daba en ellos. El moralista francés Jean de la Bruyére comparaba a la mujer culta con un arma de fuego de coleccionista: "algo que uno muestra al curioso, pero que no tiene ninguna utilidad, al menos no más que la de un caballito de tiovivo". En su comedia Les précieuses ridicules (Las preciosas ridículas, 1659), Moliére se burla de las pretensiones culturales de las damas de los salones, pero cuando era empleado por ellas el término "précieuses" implicaba un cumplido. Otros intentaron restringir el acceso a la vida de los salones imponiendo límites a la educación de las jóvenes. El abbé Fénélon, confesor de la segunda esposa del rey, Madame de Maintenon sostenía que la literatura distraía la atención de las jóvenes de las funciones del hogar. Estos temas se discutían en la Academia y llegaron a formar parte de la vida personal y profesional de Charles Perrault y, en última instancia, parte de sus cuentos de hadas.

(...)
Para la aristocracia del siglo XVII el matrimonio era el mariage de raison, un asunto orquestado por los padres con miras a la promoción social y económica, con frecuencia un mero intercambio de activos. (...) Es difícil exagerar la importancia que tenía el mariage de raison. La institución estaba protegida por una serie de edictos que concedía a los padres o, para ser más exactos, al padre, el derecho legal de decidir las vidas y parejas de sus hijos. Un edicto de 1556 declaró fuera de la ley a los matrimonios "clandestinos", esto es, las uniones entre parejas sin el consentimiento paterno. La minoría de edad se elevó en 1579 de veinte a treinta años para los varones y de diecisiete a veintinco para las mujeres, y se amplió para incluir a las viudas. Finalmente, los límites fueron abolidos por completo para favorecer el total dominio paterno. Una ordenanza de 1629 declaró menores de edad a todos los hijos, sin importar edad, sexo o estado civil. Los castigos para quienes desobedecían al patriarca eran severos, y podían implicar el desheredamiento, el destierro o acciones aún peores. Bajo las leyes del siglo XVII casarse sin el consentimiento de los padres se consideraba una forma de rapto, lo que significaba seducción o secuestro y podía ser castigado con la muerte.

Es de este contexto de donde surge el cuento de Charles Perrault, un relato de sugerencias sexuales, pero también de advertencia moral: combinación que resume la paradoja erótica de "Le petit chaperon rouge". En la medida en que la virginidad era requisito para un mariage de raison, en la justicia francesa imperaba una extraña contradicción. La época de la seducción fue también una época de castidad institucionalizada. En un momento en que la lascivia de la corte era famosa, las jóvenes crecían en conventos. La esposa de Perrault había ingresado en uno de ellos a los cuatro años de edad y no salió de él hasta poco antes de su boda. De hecho, Perrault sólo la había visto una vez cuando discutió con Colbert sus planes de matrimonio. Una ordenanza de 1673 permitía al padre encerrar a su hija hasta que cumpliera veinticinco años o se casara. Cualquier hombre podía pedir al rey una lettre de cachet para recluir a cualquier pariente de sexo femenino. E incluso las amantes que habían perdido el favor del rey hacían con frecuencia el viaje del castillo al claustro. (...) Los manuales del cortesano subrayaban la importancia, tanto para los hombres como para las mujeres, de cuidar la propia reputación. Y como "Caperucita Roja", la educación advertía sobre los peligros de la promiscuidad femenina.

Perrault cubrió a su heroína de rojo, el color de las meretrices, del escándalo y de la sangre, símbolo de su pecado y prefiguración de su destino. Su chaperon (caperuza) sugiere el doble significado del relato y más tarde el término adquiriría su moderno sentido también en inglés y español: matrona que acompaña a las jóvenes solteras y las protege de los hombres. Por último, y por si acaso, Perrault añade una explícita moraleja en verso al final de su relato en la que advierte a las desmoiselles, es decir, a las jóvenes de sociedad, de que permanezcan castas.


Aquí vemos cómo los jóvenes,
y sobre todo las jóvenes
guapas, de buen talle y amables,
hacen mal prestando oídos a cualquier clase de gente,
y que no tiene nada de raro,
si a tantas el lobo se come.
Digo el lobo, porque no todos los lobos
son de la misma especie:
los hay de humor paciente,
sin escándalo, sin hiel y sin cólera,
que, amaestrados, complacientes y dulces,
siguen a las señoritas
hasta en las casas y en la habitación,
pero, ¡ay!, ¿quién no sabe que estos lobos dulzones
son los más peligrosos de todos los lobos?




Caperucita al desnudo
Catherine Orenstein
2002

2 comentarios:

vio le ta dijo...

pero por supuesto q destruimos la "familia"
pero como concepto q vive en el imaginario de las clases conservadoras...

y de esas ceizas construiremos la familia
de la que todas seremos madre

Luis Inédita dijo...

:)

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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