07 mayo 2010

Recordando a Barthes



Todo lo que escribía era interesante: vivaz, rápido, denso, sutil. La mayoría de sus libros son colecciones de ensayos. (...) No produjo nada que pudiera llamarse obras de juventud; la voz elegante y exigente estaba allí desde el principio. Pero el ritmo se aceleró en el último decenio, en que un nuevo libro aparecía cada uno o dos años. El pensamiento tenía mayor velocidad. En sus libros recientes, la propia forma de ensayo se habia escindido, perforando la reticencia del ensayista acerca del yo. Su escritura se tomó las libertades y riesgos del cuaderno de apuntes. (...) Tuvo una relación amorosa con la realidad, y con la escritura, que para él eran la misma cosa. Escribió acerca de todo. Asediado por peticiones para escribir textos ocasionales, aceptó todos los que pudo. Quería ser seducido -y a menudo lo fue- por un tema. (...)
Nada escapaba a la atención de este devoto e ingenioso estudiante de sí mismo: la comida, los colores y los olores que le gustaban; cómo leía. Los lectores estudiosos, observó una vez en una conferencia en París, se dividen en dos grupos: los que subrayan sus libros y los que no los subrayan. Dijo que él pertenecía al segundo grupo: nunca hizo una marca en un libro acerca del que planeara escribir, pero transcribía, en cambio, los fragmentos clave en tarjetas. He olvidado la teoría que entonces esbozó acerca de esta preferencia, por lo que improvisaré una mía propia. Yo relaciono su aversión a marcar los libros con el hecho de que dibujaba, y estos dibujos que él hacía muy seriamente, eran una especie de escritura. El arte visual que le atraía procedía del idioma y era en realidad una variante de la escritura; escribió ensayos sobre el alfabeto Erté forquichot, de Twombly. Su preferencia recuerda la metáfora muerta, un <> de trabajo; por lo general, no escribimos sobre un cuerpo que amamos.
(...)
Su obra es acerca de tristeza superada o negada. Había decidido que todo podía explicarse como sistema: un discurso, un conjunto de clasificaciones. Y como todo era parte de un sistema, todo podía superarse. Pero a la postre se cansó de sistemas. Su espíritu era demasiado ágil, demasiado ambicioso, demasiado atraído por los riesgos. Parecía más ansioso y vulnerable en años recientes, al volverse más productivo que nunca.
(...)
Era difícil decir su edad. Antes bien, parecía no tener edad; ello era apropiado, ya que la cronología de su vida era oblicua. Aunque pasaba mucho de su tiempo con jóvenes, nunca afectó nada de los jóvenes, ni sus informalidades contemporáneas. Pero no parecía viejo, aunque sus movimientos eran lentos y sus ropas profesionales. Era un cuerpo que sabía descansar: como ha observado García Márquez, un escritor debe saber cómo descansar. Era muy laborioso y, sin embargo, también sibarita. Tenía una preocupación intensa pero profesional en recibir una ración regular de placer. Había estado enfermo (tuberculoso) durante muchos años cuando era joven y daba la impresión de que había entrado en su cuerpo relativamente tarde; como en su espíritu, su productividad. Tuvo revelaciones sensuales en el extranjero (Marruecos, Japón); gradualmente, un poco tarde, tuvo los considerables privilegios sexuales que un hombre de sus gustos y su gran celebridad puede obtener. Había algo infantil en él, en sus caprichos, en su cuerpo rechoncho y en su voz suave y su bella piel, en su absorción en sí mismo. Le gustaba haraganear en los cafés con sus estudiantes; le agradaba que lo llevaran a los bares y las discotecas; pero, transacciones sexuales aparte, su interés en el otro tendía a ser el interés del otro en él. 

Afirmaba algo infantil en su insistencia, que compartía con Borges, en que la lectura es una forma de felicidad, una forma de alegría. Había algo menos que inocente en la afirmación, el duro filo del clamor sexual adulto. Con su ilimitada capacidad de referencia propia, enroló la invención del sentido en la búsqueda del placer. Los dos se identificaban: leer como jouissance (la palabra francesa para la alegría que también significa orgasmo); el placer del texto. También esto era típico. Era, como volptuoso del espíritu, un gran reconciliador. Tenía poco sentido de lo trágico. Siemre estaba encontrando la ventaja de una desventaja. Aunque tocó muchos de los temas perennes de la moderna crítica de la cultura, todo podría decirse de él menos que se inclinara a lo catastrófico. Su obra no ofrece visiones del Juicio Final, condena de civilizaciones, la inevitabilidad de la barbarie. Nunca es elegíaco. Anticuado en muchos de sus gustos, sentía nostalgia por el decoro y el amor a las letras de un antiguo orden burgués. Pero encontró mucho que le reconcilió con lo moderno.
Era extremadamente cortés, un poco provinciano, elástico; detestaba la violencia. Tenía bellos ojos, que siempre eran ojos tristes. Había algo triste en toda su charla del placer; Fragmentos de un discurso amoroso es un libro muy triste. Pero había conocido el éxtasis y deseaba celebrarlo. Era un gran amante de la vida (y negador de la muerte); el propósito de su novela no escrita, dijo, era alabar la vida, expresar la gratitud de estar vivo. En la seria cuestión del placer, en el espléndido juego de su espíritu, siempre había esa subterránea corriente de pathos, más aguda hoy por su prematura y mortificante muerte.



Susan Sontag
Bajo el signo de Saturno
2007

1 comentario:

gonzalo dijo...

gracias por la lectura, es un regalo y un placer.

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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