12 mayo 2010

Otra vez Bettelheim



Cuando Perrault publicó su colección de cuentos de hadas en 1697, Caperucita Roja ya era una historia antigua, algunos de cuyos elementos se remontaban incluso a tiempos lejanos. Tenemos el mito de Cronos que devora a sus propios hijos, quienes, sin embargo, salen sanos y salvos del vientre de su padre, siendo sustituidos por una piedra. Encontramos asimismo una historia en latín de 1023 (de Egberto de Lieja, llamada Fecunda ratis) en la que aparece una niña en compañía de los lobos vistiendo ropas de color rojo muy importantes para ella; los eruditos aseguran que estas ropas debían ser una caperuza roja. Así pues, seis siglos o más antes de la historia de Perrault, encontramos ya algunos elementos básicos de Caperucita Roja: una niña con una caperuza roja, la compañía de los lobos, un niño que sobrevive tras ser tragado vivo, y una piedra que se coloca en su lugar.
Hay otras versiones francesas de Caperucita Roja, pero no se sabe cuál de ellas pudo influir a Perrault al publicar su cuento. En algunas de ellas, el lobo obliga a Caperucita a comer carne y a beber sangre de la abuela, a pesar de unas voces que le advierten de que no lo haga. Si Perrault se basó en una de estas historias, se comprende que elminara estos detalles de mal gusto, puesto que su libro iba destinado a la corte de Versalles. Perrault no sólo embellecía sus relatos, sino que además usaba ficciones, tales como la pretensión de que estos cuentos habían sido escritos por su hijo de diez años, que había dedicado el libro a una princesa. En las moralejas que Perrault añade a las historias, habla como si viera a los adultos desde el punto de vista de los niños.




Bruno Bettelheim
Psicoanálisis de los cuentos de hadas
1975

No hay comentarios:

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

.

.