14 abril 2010

La Melancolía: doble sombrío de la pasión amorosa.



Una tristeza voluptuosa, una ebriedad tristona constituyen el fondo trivial del que se desprenden a menudo nuestros ideales o nuestras euforias, cuando no se trata de esta lucidez fugaz que desgarra la hipnosis amorosa enlazando a dos personas, una a la otra. Conscientes de estar condenados a la pérdida de nuestros amores, quizás nos enlutamos más al percibir en el amante la sombra de un objeto amado anteriormente perdido. La depresión es el rostro oculto de Narciso, el que lo llevará a la muerte, pero que él ignora cuando se admira en el espejo. Hablar de depresión nos conducirá de nuevo hacia la comarca pantanosa del mito narcisista. Sin embargo, en esta oportunidad no veremos la brillante y delicada idealización amorosa, sino al contrario, la sombra lanzada sobre el yo frágil, apenas disociado del otro, precisamente por la pérdida de ese otro necesario. Sombra de la desesperación.
En vez de buscarle sentido a la desesperación (sea ésta evidente o metafísica), confesemos que no existe otro sentido que el de la desesperación. El niño rey se pone irremediablemente triste antes de proferir sus primeras palabras: estar separado para siempre -desesperadamente- de su madre lo empuja a volverla a encontrar, así como los otros objetos de amor, primero en su imaginación y después en las palabras. La semiología, que se interesa por el grado cero del simbolismo, se interroga inevitablemente, no sólo sobre el estado amoroso, sino también sobre su deslucido corolario: la melancolía, para así constatar de golpe que si toda escritura es amorosa, toda imaginación es, abierta o secretamente, melancólica.


Julia Kristeva
Sol negro, depresión y melancolía.
1997

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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