19 enero 2010

Hábito de sombra

Auto retrato de Florencia Lira


La memoria... ¿graba? ¿aumenta la imagen? ¿cuándo es atacada por el deseo de lo imaginado? ¿cuándo surge en su universo lo terrible e incontable de la física de los cuerpos?
La memoria... ¿tiene pasado? ¿cuál es su pretérito? ¿cuál, el futuro? La nada es la memoria futurizada, vuelta al proyecto, al porvenir. La nada es su pasado más remoto, la nada de la que hablan los que callan. La nada es la contradicción de sus ciclos, de una memoria que avanza y retrocede implícitamente cuando compite con su contingencia, con su propio derrumbe, ya sea que deja de ser memoria vencida, oxidada, y se convierte en vencedora, en memoria latente, escindida o desfigurada, pero irrevocable. Aún así, ¿cuándo gana?, ¿cuándo vence?, ¿cuándo descompone los signos a favor de la lucha de armar? Desacraliza todo presente prestado, falso, simulado, erróneo, iluso(rio), porque elige qué dejarse, porque atenta contra la inmediatez y lo instantáneo de una cotidianidad que no existe, nada en el tiempo es casual, nada arbitrario y, a su vez, gratuito de darse.
Pero la memoria, más que desnudadora, que implacable, es un hábito, el hábito de ser mientras los demás coterráneos mueren, el hábito de tan poco morir cuando se crece, de tan poco asomar cuando menos se enferma. La memoria se avecina a lo incierto y se apodera de los gestos y señas aparentemente torpes. La memoria localiza el objeto y lo encierra para justificar su sentido. Sin el objeto, no tendría historia, no tendría leyenda, acaso sea en sí misma la configuración de un lenguaje íntimo, solitario, privado por hermoso y terrible. Sin sujeto la memoria sería la vagabunda de la ciudad, negativo de una existencia hipotética y vacía.
Y la infancia, esa hermana mayúscula del abecedario de los hechos ilustres, esa nación al centro de sus límites; pero no hay límites sino sinfronteras que la aguardan como un peaje que deja pasar antes que la muerte, antes que el deseo, la inconveniencia de volver a vivir, el flash deslumbrado de la queja, el trauma o la raíz.
La memoria débil o debilitada en lo más efímero, lo hijo de lo trascendente, lo plano de lo que graba un cerebro de texturas y montañas, arrugado por no poder hablar, él mismo, de lo que procesa, de lo que sustenta. Una memoria base de una identidad adherida a la sombra, al grito, al humo, al miedo, a lo que falta (carencia absoluta de lo que cada uno sabe/conoce).
Presiente el silencio, la fotografía advierte lo ajeno al lente, borra el preciso atavío que no corresponde al estrato del título, obvia o deja pasar aquello que no le sirve de soporte que evidencia una verdad, una realidad de un segundo al ojo, un segundo de eso estancado que atesora la visión cuadriculada.
Estas caras son las caras que faltan, un segmento huérfano de un todo dividido, quién sabe hacia donde hablan o cantan las expresiones de sus fauces, sólo dicen por debajo que hay un elemento antiguo que no cesa, que no es de nadie, sino de acontecimientos cargados de una densidad inapelable.
Condensación de espejos cortados, esta memoria no ilumina rastros, esta memoria ni siquiera pretende ser el rastro de, la ruina de, la marca o el estado de, porque ya es a destajo; indescriptible, inescribible, mal escrita la manera en que dice, mal bosquejada porque así es la existencia cuando se presenta a quienes la atrapan y asombran, asolan, acometen. De perfección si quisiéramos hablar, pues nada. Nada de trazos determinados, nada de mapas, nada de planos consensuados. Es el sigilo de una presencia como vapor en el cuello, o en los cuellos que se esconden bajo el cabello, ese imperceptible (in)decoro que delata el suceso (tragedia o logro).
La memoria es el cuerpo borrado y las frases que lo contienen; incontenido por sobre todo al ser un cuerpo en un papel estampado, un papel virtual que ocupa un espacio posible de poseer. El dígito que se supone establecido, el vaho de una vida normal, a los ojos de quien por cierto no sabe ver y no se sabe mirar. La memoria es eso, lo que se sabe y se aprende a mirar. El ciego de nosotros suelto entre nula velocidad. Memoria de todas las enfermedades de la visión. La infección como el estrago natural de este cuerpo memoria mantenido, corroído por aparecer, inasido por estar, prohibido al exponerse, el cuerpo que ya no fue.


*Texto escrito a propósito de unas fotografías de la artista Florencia Lira. Acá exhibidas.








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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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