15 mayo 2009

La imagen literaria

Heard melodies are sweet, but those unheard
Are sweeter; therefore, ye soft pipes, play on;
Not to the sensual ear, but, more endear'd,
Pipe to the spirit ditties of no tone...

Keats, Oda a una urna griega

I

Hay músicos que componen sobre la página blanca, en la inmovilidad y el silencio. Los ojos muy abiertos, creando por medio de una mirada tendida en el vacío una especie de silencio visual, una mirada silenciosa que borra el mundo para hacer callar sus ruidos, escriben la música. Sus labios no se mueven, incluso el ritmo de la sangre agota su tambor, la vida espera, la armonía va a llegar. Oyen entonces lo que crean en el acto creador. Ya no pertenecen a un mundo de ecos o de resonancias. Oyen los puntos negros, las corcheas, las blancas, caer, estremecerse, deslizarse, rebotar sobre el pentagrama. Para ellos, el pentagrama es una lira abstracta, ya sonora. Gozan allí sobre la página blanca, de la polifonía consciente. En la audición real, las voces pueden perderse, ensordecerse, ahogarse; la fusión puede hacerse mal. Pero el creador de música escrita tiene diez oídos y una mano. Una mano para unir, cerrada sobre la estilográfica, el universo de la armonía; diez oídos, diez atenciones, diez cronometrías para escuchar, para tender, para regular el flujo de las sinfonías.
Hay también poetas silenciosos, silenciarios, poetas que hacen callar primero un universo demasiado ruidoso y todos los estrépitos rimbombantes. Oyen, ellos también, lo que escriben en el momento mismo de escribirlo, en la lenta medida de una lengua escrita. No transcriben la poesía, la escriben. ¡Que otros "ejecuten" lo que ellos han escrito en la página blanca! Que otros "reciten" en el megáfono de las dicciones pomposas. Ellos saborean la armonía de la página literaria en donde el pensamiento habla, y la palabra piensa. Saben antes de escandir, antes de oír, que el ritmo escrito es seguro, que la pluma se detendría por sí misma ante un hiato, que la pluma rechazaría las alteraciones inútiles, negándose a repetir tanto los sonidos como los pensamientos. ¡Que dulce es escribir así removiendo todas las profundidades de los pensamientos reflexivos! ¡Hasta qué punto se siente uno liberado de todos los tiempos absurdos, saltarines, salitrosos! Gracias a la lentitud de la poesía escrita los verbos vuelven a encontrar el detalle de su movimiento original. En cada verbo vuelve, no ya el tiempo de su expresión, sino el tiempo justo de su acción. Los verbos que giran y los verbos que lanzan no confunden ya su movimiento. Y cuando un adjetivo viene a florecer su sustancia, la poesía escrita, la imagen literaria, no dejan vivir lentamente el tiempo de los florecimientos. Entonces la poesía es verdaderamente el primer fenómeno del silencio. Deja, vivo, bajo las imágenes, el silencio que atiende. Construye el poema sobre el tiempo silencioso, sobre un tiempo al que nada martillea, que nada urge, al que nada ordena, sobre un tiempo dispuesto a todas las espiritualidades, el tiempo de nuestra libertad. ¡Qué pobre es la duración viva al precio de las duraciones creadas en los poemas! Poema; bello objeto temporal que crea su propia medida.



Gastón Bachelard

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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