22 marzo 2009

Marserpiente



Vuelvo como la sonora presencia La paciencia más terca y solitaria Este bosque el objeto que derribo Si lo derribo el espíritu se me raja y hendida es la saliva Lo sé Pero extermino al bosque Después del desastre escupo pequeños esqueletos Mi maldad una entre tantas sale como luz entre todo este desperdicio Permite develar la falla y raja la medida de mis días Rompe la herida y esa marca detesta al mapa Y tu odio es empujado por un país que no es el tuyo ni el mío Por un país que no sabe nada de ti por eso te acoge Pero sabe de tu oficio que coagulaste en mi sangre cuando pudiste acceder a ella y eso fue la medida de mis días Yo pensaba en el amor y esas cosas Yo pensaba en cualquier cosa En los gatos Pensaba en tus vecinos En tu prima y sus hijos de diferentes padres Nunca ninguno se vio Pensaba en tu familia bendita por los negros según tú En esos hijos sin miedo Pensaba en tu cuchillo y en como hacías bailar su brillo En tus zapatos que golpeaban mi tobillo Mientras al oído yo te decía vrika vulfs avi riksha abi brech caper Y mi oído parecía una jaula que encerraba muchos vrikas vukfs avis rikshas abis brechs carpers Acabo de darme cuenta En tu familia no había padres Pero tú fuiste el mío Me hiciste tu sorella Tu hija Enterrándote en mí Clavándome tus raíces negras y alimentándome en tu cama Nunca con nadie Nunca con nadie me dijiste y apretaste mi cuello Me amarraste Con tu lengua fallando mi piel Nunca con nadie Suturaste tu saliva Yo creí que en la ordeña conseguiría algo Y mi patria fue un cuerpo Y mis enemigos fueron enemigos de tu territorio y el mío Y tus enemigos los enemigos de mis entrañas Y vi la luz Y vi el misterio Y ese misterio dolió Y ese fuego fue noche Y esa noche fue mediodía Mediodía esa noche donde vivo ahora Sin vatsa.


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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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