21 febrero 2009

Los caminos de la libertad



Estoy viejo. Aquí estoy, aplastado sobre una silla, hundido hasta el cuello en mi propia vida y sin creer en nada. Sin embargo, yo también he querido partir para una España. Y después eso no se arregló. ¿Acaso hay Españas? Yo estoy aquí, me asqueo, siento el viejo sabor de sangre y de agua ferruginosa, mi sabor, yo soy mi propio sabor, yo existo. Existir es eso: beberse sin sed. Treinta y cuatro años. Treinta y cuatro años que me paladeo, y estoy viejo. He trabajado, he esperado, he tenido lo que quería: Marcela, Paris, la independencia; asunto acabado. Ya no espero nada. Contemplaba ese jardín rutinario, siempre nuevo, siempre el mismo, como el mar, recorrido desde hacía cien años por las mismas olillas de colores y ruidos. Había eso: esos niños que corrían en desorden, los mismos desde hacía cien años, ese mismo sol sobre las reinas de yeso de dedos rotos y todos esos árboles; estaba Sarah y su kimono amarillo. Marcela encinta, el dinero. Todo eso era tan natural, tan normal, tan monótono, que bastaba colmar una vida: era la vida. El resto, las Españas, los castillos en España, eran... ¿qué? ¿Una tibia religioncita laica para mi propio uso? ¿El acompañamiento discreto y seráfico de mi verdadera vida? ¿Una coartada? Así es como me ven ellos, Daniel, Marcela, Brunet, Santiago: el hombre que quiere ser libre. Come, bebe, como todo el mundo, es funcionario del gobierno, no se mete en política, lee La Obra y El Popular, tiene dificultades de dinero. Sólo que quiere ser libre como otros quieren una colección de estampillas. La libertad es un jardín secreto. Su pequeña connivencia consigo mismo. Un tipo perezoso y frío, algo quimérico pero muy razonable en el fondo, que se ha confeccionado sigilosamente una sólida y mediocre felicidad de inercia, y que se justifica de tiempo en tiempo por medio de consideraciones elevadas. ¿Seré yo eso?



Jean Paul Sartre
Los caminos de la libertad I 
La edad de la razón

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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