09 enero 2009

Imagina (una palabra)


Yo me imagino un cuerpo que tiene diversos órganos y que cada uno funciona distinto, solo, autónomo. No hay un músculo o una arteria que gobierne más, no hay un pensamiento que decida por sobre otro, no hay nada que se le parezca siquiera del que ya tuvo. Yo me imagino un cuerpo lento que va entrando hacia la muerte por sí solo y no hay nadie ahí para juzgar o mentir por qué entra a la muerte que ya no es muerte sino silencio que ya no es muerte sino lo que es que quiera, lo que el cuerpo dice que es, lo que la cabeza así como los gestos así como la risa así como el placer dice que es. Yo me imagino una nación de cuerpos que avanzan hacia la posibilidad de no convertirse jamás en uno, hacia el estrago de un encuentro que no chocará jamás con nadie, me imagino un laberinto de orificios humanos en donde la mujer y el hombre jamás podrán entrar, en donde nadie jamás podrá salir. Yo me imagino un espacio poético insondable de pura nada y haciendo el aguacero de las pestes por siempre. Yo me imagino la palabra vida y tiemblo Porque nadie la conozca Yo me imagino la palabra amor y tiemblo Porque nadie Tiemblo Porque nadie Tiemblo porque nadie nadie nadie nadie nunca sin temblar. Pero cuando me imagino la palabra muerte entonces yo me imagino una palabra muy provisoria de decir, desvinculada de toda percepción de fin, atesorándola desde los bordes más abiertos, con ese daño que sólo hacen las palabras que más nos gustan cuando no se pueden imaginar, cuando nadie nunca. Aun así me imagino la palabra muerte, aun así siento imaginármela atada desde la lengua por todo el cuello, reptando por el contorno de cisne de toda inclinación imaginada en goce, de toda curva revenida en tocarla -por estancarla. Y así, creyendo que la imagino me acuerdo entonces de la palabra vida, me acuerdo de la palabra hambre, me acuerdo de la palabra amor -aunque nadie, me acuerdo-.


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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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