24 octubre 2008

Eloy


Te alegraste, Eloy, decía con amargura y desaliento y furia, tanteando las balas en las faltriqueras. Estás deseando que se hayan ido, toda la noche no has pensado en otra cosa, que sería bueno que se fueran y te dejaran tranquilo. No se irían, vinieron a buscarte, están escondidos en la tierra, esperando que aclare para mandarte todas las balas y dejarte tendido aquí. No habrían venido tantos si quisieran matarme, decía luego, deseando tranquilizarse, no habrían traído tantos caballos, son cobardes, traen caballos para que los mate y relinchen como locos cuando están heridos en el vientre, quieren atemorizarme con el horrible grito de los caballos heridos, pero no mataré a ningún caballo, cuidaré mis balas sólo para ellos, para sus sucios vientres, no voy a hacer lo que ellos quieren sino lo que debo. No quiero morir ni matar, decía finalmente, acordándose de la mujer que se había alejado corriendo entre los árboles cuando le dispararon las primeras balas. No debí dejarlos ir, dijo, pero comprendía que eso no tenía ya arreglo, el viejo les habrá ido a decir que tengo miedo, que tal vez parezco enfermo y que estoy bebido, que llegué pidiendo vino y disparándole a las piernas. No te dispararé a las piernas, viejo, cuando regrese el sábado, decía con odio, tocando con las alas de la manta los matorrales y quedándose quieto para escuchar. Sólo el susurro del agua corría entre las matas y sonaba en las piedras, un susurro en el que también corrían los grillos, iluminando el silencio y haciendo oír el golpear sordo de la sangre en su corazón.



* DESCARGAR este gran olvidado de la literatura chilena aquí.

1 comentario:

Jorge Ampuero dijo...

Hola...
Bien por el dato, pues no conocía de este autor.
Tienes un blog interesante. Espero regresar y leerte más.

Saludos...

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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