30 abril 2008

El mal de la muerte



Ya no mira usted. Ya no mira nada más. Cierra los ojos para reconocerse en su diferencia, en su muerte.
Cuando abre los ojos, ella está ahí, todavía, ella aún está ahí.
Vuelve usted hacia el cuerpo extraño. Duerme.
Mira el mal de su vida. El mal de la muerte. Es en ella, en su cuerpo dormido, donde lo ve. Usted mira los rincones del cuerpo, mira el rostro, los pechos, el rincón impreciso de su sexo.
Mira el lugar del corazón. Encuentra que el latido es diferente, más lejano, le viene la palabra: más ajeno. Es regular, parecería no tener que cesar nunca. Acerca su cuerpo al objeto de su cuerpo. Está tibio, está fresco. Ella vive todavía. Incita al asesinato en tanto que vive. Se pregunta cómo matarla y quién la matará. Usted no quiere nada, a nadie, incluso esa diferencia que usted cree vivir usted no la quiere. Usted no conoce sino la gracia del cuerpo de los muertos, la de sus semejantes. De pronto sitúa la diferencia entre esa gracia del cuerpo de los muertos y ésa ahí presente hecha de debilidad última que podría aplastarse con un gesto, esa realeza.
Descubre que es ahí, en ella, donde se cultiva el mal de la muerte, que es esta forma ante usted desplegada la que decreta el mal de la muerte.
(...)
Y luego oye ese ruido que se acerca, oye el mar.
Oye el mar. Está muy cerca de las paredes de la habitación. Por las ventanas, siempre esa luz descolorida, esa lentitud del día en alcanzar el cielo, siempre el mar negro, el cuerpo que duerme, la extraña de la habitación.
Y después usted lo hace. No sabría decir por qué lo hace. Veo que lo hace sin saberlo. Usted podría salir de la alcoba, alejarse del cuerpo, de la forma dormida. Pero no, usted lo hace, como aparentemente otro lo haría, con esa diferencia integral, que le separa de ella. Usted lo hace, vuelve hacia el cuerpo.
Lo cubre por entero con el suyo, lo atrae hacia usted para no aplastarlo con su fuerza, para evitar matarlo, y luego lo hace, vuelve al cobijo nocturno, en él se encenaga.
Permanece aún en ese abrigo. Llora una vez más. Cree saber no sabe qué, no puede con ese saber, cree ser el único hecho a imagen de la desdicha del mundo, a imagen de un destino privilegiado. Cree ser el rey de ese acontecimiento en curso, cree que existe.


Marguerite Duras
*fragmento escogido

2 comentarios:

Verónica Cento dijo...

Florencia:

Estuve leyendo el texto de Duras, que es muy especial, bueno, casi toda su obra para mí es especial. Digo casi toda porque no la he leído completa. Y a propósito, ¿de dónde sacaste este fragmento tan hermoso?
Un beso!

MentesSueltas dijo...

Que Tal.., pasaba a saludar y dejar un cariño enorme.
MentesSueltas

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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