15 marzo 2008

Una mancha de sol


Los demás hombres y mujeres ya no tenían interés para nosotros. No pensábamos más que en Marcelle; imaginábamos puerilmente que se había ahorcado voluntariamente, evocábamos el entierro clandestino, las apariciones fúnebres. Un día, bien informados, partimos en bicicleta hacia la casa de reposo donde estaba encerrada nuestra amiga. Recorrimos en menos de una hora los veinte kilómetros que nos separaban de un castillo rodeado de un parque, aislado por un acantilado que dominaba el mar. Sabíamos que Marcelle ocupaba la habitación nº 8, pero, para encontrarla, había que llegar por el interior. No podíamos entrar en aquel sitio más que por la ventana, tras haber serrado los barrotes. No se nos ocurría modo alguno para distinguirla de las demás, cuando una extraña aparición llamó nuestra atención. Habíamos saltado el muro y nos encontrábamos en aquel parque donde el viento violento agitaba los árboles, cuando vimos abrirse una ventana del primer piso, y una sombra ató sólidamente una sábana a uno de los barrotes. La sábana restalló inmediatamente al viento, la ventana se cerró antes de que hubiésemos reconocido a la sombra.

Es difícil imaginar el estrépito de aquella inmensa sábana blanca atrapada en la borrasca: se imponía con mucho al del mar y al del viento. Veía por primera vez a Simone angustiada por algo distinto que por su propio impudor; se apretó contra mí, el corazón a punto de estallar, y miró con ojos fijos a aquel fantasma rabiar en la noche, como si la demencia misma acabara de izar su pabellón sobre el lúgubre castillo.

Permanecimos inmóviles, Simone apelotonada en mis brazos, yo mismo algo alucinado, cuando de repente el viento pareció desgarrar las nubes, y la luna iluminó con reveladora precisión un detalle tan extraño y desgarrador que un sollozo se estranguló en la garganta de Simone: la sábana, que se desplegaba al viento con estrepitoso ruido, estaba mancillada en el centro con una gran mancha mojada que la luz de la luna iluminaba por transparencia...

En pocos instantes, las nubes ocultaron otra vez el disco lunar: todo volvió a sumergirse en las sombras.

Permanecí de pie, sofocado, los cabellos al viento, llorando como un desgraciado, mientras Simone, desparramada en la hierba, por vez primera se dejaba sacudir por grandes sollozos de niña.

Así pues, era nuestra desdichada amiga, era Marcelle sin duda quien acababa de abrir aquella ventana sin luz, y ella era quien había atado a los barrotes de su prisión aquella alucinante señal de aflición. Había debido masturbarse con tan gran turbación de los sentidos que su cama había quedado anegada; la habíamos visto atar luego una sábana a los barrotes para que se secara.

(...)



Georges Bataille, Historia del Ojo. 1978.
*fragmento

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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