18 marzo 2008

Sylvia Molloy



Ahora, a veces, sale. Sólo de noche, porque cuando se hace tarde no sabe cuándo ni cómo acostarse. Sale como para practicar una salida que hará de día, muy pronto, ensaya sus movimientos. Sale cuando en la ciudad quedan pocas luces, cuando todos los bares están cerrados, cuando sólo habrá de mantenerse con el paso acelerado que le pemite a esta hora reconocer la ciudad que no eligió pero que de noche hace suya. Sale siempre del mismo modo: diciéndose que al salir tendría que salir para siempre, diciéndose también que podría volver, acostarse e intentar dormir. No hay orden en sus caminatas ni dudas en la elección, sólo la impulsa el deseo de salir de estas cuatro paredes donde ha depositado tanto. Hoy elige el norte, mañana elegirá el sur, importa sobre todo el impulso, no vacilar -no pensar, no analizar, como lo hace arriba en su casa-, largarse a caminar cuadras y cuadras, en una ciudad desolada, en cuanto se cierra detrás de ella la pesada puerta de roble que la separa de la calle.



¿Qué es estar herida, qué es morir? Empezar a morir, empezar a perder el aire que se respira, pedirle al cuerpo que respire hondo una vez, sólo una vez más: en esa estrechez, en la intuición de un lugar que comienza a deshabitarse, empieza a conocer de veras el dolor. Los tajos, las mutilaciones, son sin duda dolorosos pero está tan acostumbrada a las grietas, desde chica, que las imagina y aunque se las inflinja deja de sentirlas. En cambio no se ve sin voz (como no se ve sin piel) y acaso el riesgo de esa imaginación sea su mayor amenaza: reconoce la salud, se aferra a ella, en términos de una entonación. Algo, la voz ronca de su tía, la voz cascada de Renata, su propia voz cuando escribe, algo, una piel de voces, para entonar los fragmentos.



*fragmentos escogidos del libro
publicado en Barcelona 1981.

No hay comentarios:

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

.

.