07 febrero 2008

Ni cara ni espejo




Maquillo esta cara que ya no es mía ni por cara ni por espejo. La he maquillado tantas veces que cada vez vuelve a convertirse en una nueva cara hecha para el día señalado. La han visto tantas veces hacerse la sombra en los ojos, el delineamiento en los labios, la palidez opacada en los pómulos. A veces aparece cuando comienza a hacerse en el espejo. A veces simplemente se escabulle por el maquillaje rutinario y no vuelve a aparecer hasta la noche, cuando ya no hay máscaras. Una cara limpia, una cara simple y ruda, concreta, para la noche. Una cara alargada y dispuesta, silenciada para las pausas entre los sueños. Una cara extraña para los ojos de ese felino que de pronto me mira como si hubiese perdido sus rasgos en los míos. La imagen del espejo se hace cuando se acerca el rostro, pero: ¿Qué hay antes o después de ese acercamiento? La cara sobrevive por si misma en ausencia de su reflejo. Se pasea entre las multitudes deforme, se topa con otras que ya han perdido todo contorno o se ilumina cuando una bella se le fija en frente y le posa los ojos por un segundo. En los ascensores se hace de perfil, hacia los costados, e indiscutiblemente se eleva entre los pisos como un instante donde sólo reina ella, esa cara que nunca se sabe cómo se ha de encontrar en esos momentos. Siempre he pensado que es indefinida a causa de sus rasgos, de su ámbito triste, de su todo reposado. He pensado también que no se graba, que no es capaz de grabársele esta cara a nadie porque no está hecha para fijársele a ningún ojo abierto que la mire. No comprendo si en el recuerdo está mi cara u otro aspecto que me designe como la mujer que se muestra o es. No sé si el cabello siempre en proyecto le ha otorgado un margen más plácido o cada vez más desolado, separándola de las demás caras. Me dicen que han visto parecidas a las mías. Yo no. Me acerco a un espejo público y nunca sé qué voy a descubrir. Si la que vi hace unos años atrás cuando era niña y estaba arrugada como esquela antigua, o si es realmente esta que hoy me viene a visitar y se determina como la de cierta edad, blanca, de frente desierta, labios enrojecidos en la pequeñez de su espera.
Para una cara es tanto un espacio de un cuerpo, es tanto un espacio del mundo, pero para la belleza una cara es todo y es tan poco un espejo de una casa ajena. Sin embargo, hemos estado hablando, entablando una seria conversación a estas horas de la tarde, y hemos decidido ampliamente que no hay como un reflejo inesperado en cualquier escaparate, ya sea ubicado a la salida del metro o en una cuadra donde nadie se espera que lo haya, allí resurge, entre lo indefinido y lo existente, una cara que es nuestra, los rasgos que se nos habían perdido entre todo esto que somos: la fabulosa imagen que nos amenaza de estar quieta, la que forma un cuerpo de carne y hueso y nervio y sangre y que sin saber cómo nunca se repite hacia ningún infinito de nuestra memoria. La cara que nos da el nombre, la que nos amolda en la osadía de la encarnación, la que arbitrariamente recibimos por herencia de gesto y de semblante, la cara de la viva o de la muerta y del efecto corrupto del tiempo en las pupilas abiertas.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustaron mucho tus escritos Florencia...

http://www.liber-arte.spaces.live.com/

Anónimo dijo...

Me gustaron mucho tus escritos Florencia...

http://www.liber-arte.spaces.live.com/

bellaco dijo...

parece que te leí en las últimas noticias, igual te sigo, saludos del norte.

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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