03 enero 2008

Narciso y nuestra infamia




A veces hablo con Narciso de nuestra infamia
Me río de su figura con una nostalgia imperecedera
Atroz
Él logra hacerme llorar con su belleza
Y no me deja tocarlo
Por miedo a que pueda rechazar tanta perfección
Nuestros orgullos se alzan sobre nuestras cabezas
Flamean las banderas del éxtasis en nuestra patria
Canta el sol la fortuna de alumbrar nuestros ojos
No puedo amar a Narciso por más que lo desee

Mi cuerpo, yo misma
Me traiciono, a veces, mirándolo de soslayo
Y él apenas voltea

En actitud más lánguida que un lirio
Al que le lloviera el rocío
Narciso, Narciso
Déjame alcanzarte para entender que también soy débil y preciosa
Déjame poseer el pálido reflejo de tu carne saturada de salud
Permite que te toque

Que cuando apenas te roce en una escena privada de luz
Yo me pregunte dónde

¿Dónde perdimos la humildad que fomenta la fuerza?
¡Oh Narciso, si he de ser pulcra por admirar mi delicadeza, hazme vana!
Hazme aún más viciosa y salvaje que tu dios
Quiero ser aquella primera que destruya tu esfinge
Cual Medea envenenada por la acción brutal de desenmascarar

De destronar
De develar aquello fiero pero enfermo de tu lid
Mi adonis, mi dueño ideal

Deja de contemplar las aguas de diamante que te embriagan
Yo, he roto la leyenda

Acaso para ahogarme esta primera y última vez
En el espejo terrible que surca mi frente espontánea

El espejo de la Muerte

No hay comentarios:

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

.

.