18 diciembre 2007

Oscar Wilde



Cuando murió Narciso, las flores campestres se desolaron y pidieron al río gotas de agua para llorarlo. -¡Oh!, repuso el río, cuando todas mis gotas de agua se conviertan en lágrimas, no tendré suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo quería. -¡Oh!, repusieron las flores campestres, ¿cómo no habías de querer a Narciso? Era tan bello. -¿Era bello?, dijo el río. -¿Y quién podría saberlo mejor que tú? Diariamente inclinado en tus orillas, contemplaba en tus aguas su belleza... -Si lo quería, repuso el río, es porque veía el reflejo de mis aguas en sus ojos, cuando él se inclinaba sobre ellas.


El discípulo

1 comentario:

Nicolás Faúndez dijo...

hola, me gusto mucho el escrito inedito de este escritor, tanto que me vi tentado a tomarlo y difundirlo en mi blog nico-faundez.blogspot.com, espero que no te molesto, esta muy bonito.

saludos
nicolás

Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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