18 diciembre 2007

Giovanni Papini



Si te miro y pienso que podrías morirte y que no sentiría más el dolor de mirarte, ni el fastidio de escuchar tu llanto tranquilo, ni el deseo de ahogarte con mis manos, entonces tus ojos se empañan y caes como muerta y te vuelves, de repente, fría como quien ha perdido el alma desde hace largas horas de lluvia y de oscuridad.
Pero en aquel mismo instante lloro tu fin demasiado veloz y mi tremenda fuerza, y vuelvo a pensar en tu risa cascabelera detrás de las puertas, y en la cálida morbidez de tu piel y en tu pobre pasado... Y lloro sobre mí y sobre ti, y pienso que podrías renacer de repente, y levantarte sana y bella como antes, y reír con los ojos, y reír con la boca, y reír con tus rizos castaños que ondean sobre tus sienes. Y he aquí que, apenas lo he pensado, estás de nuevo ante mí, cálida, dulce, sonriente, sin una lágrima siquiera entre los pelos de las pestañas y, apenas estrecho tu delgada mano, me abrazas con el pecho estremecido.
Entonces miro fuera de la habitación, y fuera de mí, y pienso: «Aquella casa de allí es demasiado fea. Detrás de aquel sucio cubo de viejos ladrillos hay una montaña orlada de cipreses nuevos y azotada por el viento.»
Al cabo de un momento la casa cae sin estrépito: sus paredes desaparecen, como si fueran de sombra y de humo, y surge detrás la bella montaña, que parece nacer en aquel instante de la tierra, y levanta su lomo hacia las nubes, casi envidiosas de su altura.
Para escapar de la maldición que lleva consigo mi pensamiento salgo de casa, procuro no ver, intento no pensar. Las sugerencias del demonio zumban a mi alrededor como un mal enjambre. (...)
Y he aquí que me encuentro, sin saber cómo, en otra tierra, en medio de un aire que me ahoga, con nuevos perfumes, y el cielo es todo amarillo, y los árboles están sin hojas, y los hombres gritan en una lengua que no entiendo. «¡Quisiera no ver nada!», piensa mi pensamiento, asustado y demasiado solo. La noche —una noche demasiado profunda para ser cierta— me rodea, me sepulta, me obliga al silencio, y hace callar al instante los latidos demasiado impetuosos de mi estúpido corazón. Pienso que si eso sigue así me pondré enfermo. Las piernas se me doblan, la cabeza me martillea, la sangre está alterada, los huesos parecen convertirse en meollo. En medio del dolor, deseo mi habitación, mi pobre cama dura y baja en la que me he embrutecido y rebelado tantas noches, y he aquí que en seguida siento que estoy allí, bajo las blancas sábanas, en mi cuarto, que tiene los postigos entornados, como cuando hay un enfermo grave y el médico todavía no ha llegado.


El último deseo (fragmento). 
"Palabras y sangre", 1912

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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