11 diciembre 2007

Bárbara Délano



Los viajantes

Estamos tras la puerta observando a los que se van de este baile donde nos reímos de nosotros mismos.
Mañana, en una esquina que no quiere encontrarnos volveremos a decirnos: "He ahí el placer;
un foso abierto en cruces crueles, una fila de muñecas rotas en el Porvenir".

Escuchamos el ruido de un reloj que retumba en los espejos de un sueño que no logro recordar. La memoria es un cadáver que se incendia para siempre en la llanura, un labio vaginal que palpita sobre la fina comisura de la boca de un bosque de plateados diamantinos (orfebrería de sabios al borde de las aguas infinitas que esperan impacientes y no saben que nunca volveremos a humedecer la trenza muerta con que nos hemos engañado tanto).

Hoy apenas disponemos de una sutil abertura para depositar las fotografías de nuestros héroes de infancia; Este tiempo es un foso que siempre nos anda buscando, una estaca que persigue su destino. Estamos aquí despidiendo a los que se van a la otra orilla de este viaje El mañana es un fonógrafo perdido en una selva virgen, una estepa que bien podría ser un mar.

Por las ventanas abiertas para siempre a las tumbas regresantes huyen infinitos caballos perdidos de carruseles y en los sueños que llevamos al abismo nuevamente rebrotan mirtos que nos acompañaron siempre las silenciosas, frías e inconfundibles noches de Santiago.


El rumor de la niebla, 1984.

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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