07 noviembre 2007

La isla delirante




Ven y aléjame de todo, hazme la isla delirante y de fuego en medio del mar; azota contra mí tus tormentas, desciéndeme hasta el fondo, acúsame, perpétrame, no me des tregua, no me dejes parir aunque haya muerto, no me conduzcas, no me convenzas de nada, convénceme del silencio. Arrópame con tu calor de carne, con tu aliento ardiente de voces en gravedad mortal, ampárame, aléjame de mí, te pido recogerme, tocarme, apenas hablarme con las manos, resolverme de estos infiernos, de todas las fatalidades acometidas sobre la tierra, aléjame contigo, hazme huir de ti, apartándome, desviándome de esto que me carcome las ideas, de esto que no acaba porque es huérfano, porque no ha germinado en la sangre, porque más bien ha restado sangre, porque ha robado hálito, porque no sucumbe ante ningún dueño ni se estanca en ningún barranco. Aléjame de la verdad, llévame, arrástrame a pesar de mi cuerpo, por líneas invisibles, por orillas inquietas, por bordes que explotan, dime los gestos sin memoria, arrebátame de estos márgenes, adivíname los estados más solos, no cometas el pecado de desperdiciar estas disociaciones, un cuerpo derivado en letra bien puede resistir cualquier corte, cualquier descuartizamiento morfológico, sintáctico y de los otros. Táchame, abúsame, inscríbeme por tu nombre, consiente en alejarme, es tan simple convencerme del silencio, déjame ofrecerte ésta: la estética del tajo.

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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