15 noviembre 2007

Simone de Beauvoir, fragmento novela.


(...) Ella le rodeó el cuello con los brazos, apoyó sus labios entre los labios de él e introdujo la lengua en su boca. Las manos de Fosca la oprimieron y ella se estremeció. Antes, con los otros hombres ella sólo sentía las caricias, no sentía las manos; mientras que con Fosca las manos existían y Regina era sólo una presa. Febrilmente él arrancaba las ropas como si a él también le hubiera faltado el tiempo, como si cada segundo se hubiera convertido en un tesoro que no había que desperdiciar. La enlazó y un viento de fuego se alzó en ella, barriendo las palabras, las imágenes: nada sobre la cama, sólo un gran estremecimiento oscuro. Él estaba en ella, ella era la presa de ese deseo antiguo como la tierra, ese deseo salvaje y nuevo que ella sola podía saciar, y que no era deseo de ella, sino deseo de todo: ella era ese deseo, ese vacío ardiente, esa espesa ausencia, ella era todo. El instante se alzaba como una llama, la eternidad había sido vencida. Tendida, crispada en una pasión de espera y de angustia, ella respiraba en el mismo ritmo jadeante que Fosca. Él gimió y ella le clavó las uñas en la carne, desgarrada por el espasmo triunfante, sin esperanza, por el cual todo terminaba y todo se deshacía, arrancada a la paz ardiente del silencio, arrojada nuevamente toda entera en sí misma, Regina inútil, traicionada. Se pasó la mano sobre la frente húmeda, sus dientes se entrechocaban.
-Regina- dijo él suavemente.
Le besaba el pelo, le acariciaba las mejillas.
-Duerma- agregó -Nos han permitido el sueño.
Había tanta tristeza en su voz que ella estuvo a punto de abrir los ojos, de hablarle: ¿no hay acaso remedio? Pero él leía en ella demasiado pronto, ella adivinaba detrás de él demasiadas noches, demasiadas mujeres. Ella se volvió y apoyó la mejilla sobre la almohada.
Cuando Regina abrió los ojos empezaba a amanecer. Tendió el brazo a través de la cama. No había nadie junto a ella.
-Ana- gritó.
-Regina.
-¿Dónde está Fosca?
-Salió- dijo Ana.
-¿Salió? ¿A esta hora? ¿Adónde fue?
Ana apartaba la mirada.
-Dejó unas líneas para usted.
Ella tomó las líneas; sólo un pedazo de papel doblado en dos: "Adiós, querida Regina, olvide que existo. Después de todo, la que existe es usted y yo no cuento".


Simone De Beauvoir
Todos los hombres son mortales
1946

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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