06 noviembre 2007

La Dolorosa


Me sacan a procesión justo a la hora en que cae la última gota de mi corazón partido. Hay una espada que ha dividido las lágrimas de ese corazón ermitaño de estar quieto. Las palabras que se alzan frente a mi boca no entran por los ojos, ni por los oídos, ni por los tímpanos si quiera. Las palabras que rebotan en la cúspide son las palabras de una amargura de permanecer estática, las justas sílabas de no estar jamás contigo. Nacida virgen, encontrada muerta, un día me llamaron así, por el nombre del dolor convenido, me irguieron a propósito en un púlpito de roble, pulido, esmaltado, lacado, y ahí me pusieron para que en mí el mundo reflejara su sed de espanto. No me imagino en otro lado, puesta de otro modo, sentenciada por una congregación que no fuese ésta, mis devotas adúlteras. Porque dolemos a penas, sabemos eso, nos sacan a procesión para que dolamos menos, para que el viento nos peine los cabellos enyesados, para que no recordemos que estamos hechas de armazones secretos. Ciertos discursos mancillan nuestra honra, a pesar de que no somos nada santas, a pesar de que nacimos con la espada atravesada, aún así elevamos una mirada lánguida que centellea cuando nadie la arrebata. Nuestros hombres no están sanos, nuestras manos no están puras, nuestros hijos inexistentes nos dicen madres por nuestros rostros, pues sobre todo, es la mirada la que sobrecoge cuando se la acecha. Pero yo pienso en ti, aún en ti. No sé pensar en este encierro ancestral ni en otro que no seas tú. Recordar cuando has omitido mi nombre, cuando me has ignorado en ciertas ocasiones, cuando, yendo por la calle a cierta hora aún se retuerce en mí el recuerdo de la espada empujada por tu puño, el filoso espejo entrando a mi carne, la lozana muerte reptando por mi pecho que ahora abierto, rasgó sus coseduras y rosarios. Rebanaste mi lengua, me supiste acallar hasta que fuera muda, hasta que no supiese mirar de otro modo que no fuera este, lastimero en detalle, oscuro en la retina, vacío en su verticalidad. La dolorosa, dicen que me dijo, cuando abandonó las ásperas sábanas, la dolorosa cuando acometió el desconocimiento del fin, la dolorosa cuando abrió mi carne e hizo pernoctar mis miembros al frío, la dolorosa cuando la encontraron mórbida encima del misal abierto. Y se volvió dura, cruda, fría, hosca, porque la sacan todos los días a esa hora, y le descubren el rostro ajado siempre en el mismo sitio, nadie espera a la procesión, todos huyen de ese enhiesto martirio, pero ella pide con mesura que se le arrojen encima y retiren el sable, ningún músculo ha de latir entero, ningún cuerpo ha de convertirse en texto enfermo, menos cuando se le ha congelado la sangre y vuelto tiza la piel de los párpados.





* Texto escrito a propósito de la Virgen de la Amargura (Málaga, España, 1792), también llamada Nuestra Señora de los Dolores, virgen de religiosidad popular, que durante el período de la Guerra Civil Española permaneció oculta.

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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