18 noviembre 2007

Electra en la niebla


En la niebla marina voy perdida, yo, Electra, tanteando mis vestidos y el rostro que en horas fué mudado. Será tal vez a causa de la niebla que así me nombró por reconocerme.
Quise ver muerto al que mató y lo he visto y no fue él lo que ví, que fué la Muerte. Ya no me importaba lo que me importaba. Ya ella no respira el mar Egeo. Ya está más muda que piedra rodada. Ya no hace ni bien ni el mal. Está sin obras. Ni me nombra ni me ama ni me odia. Era mi madre, y yo era su leche, nada más que su leche vuelta sangre, sólo su leche y su perfil, marchando o dormida. Camino libre sin oír su grito que me devuelve y sin oír sus voces, pero ella no camina, está tendida. Y la vuelan en vano sus palabras, sus ademanes, su nombre y su risa, mientras que yo y Orestes caminamos tierra de Hélade Atica, suya y de nosotros. Y cuando Orestes sestee a mi costado, la mejilla sumida, el ojo oscuro, veré que, como en mí, corren su cuerpo las manos de ella que lo enmallotaron y que la nombre con sus cuatro sílabas que no se rompen y no se deshacen. Porque se lo dijimos en el alba y en el anochecer y el duro nombre vive sin ella por más que está muerta. Y cada vez que los dos nos miremos caerá su nombre como cae el fruto resbalando en guiones de silencio.


Fragmento de:
Electra en la niebla.
Poemas inéditos.
Revista ORFEO, 1967.

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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