11 noviembre 2007

La Caperucita de Anne Sexton



Caperucita
(Ridding Hood)
fragmento*


Muchos son los que engañan: la matrona de la urbanización, tan correcta en el supermercado, la lista en la mano para no salir volando, compra su Fairy y un paquete de Purina en tanto que asciende de la tierra y deja que el estómago se le llene de helio, deja flotar sus manos como la cola de una cometa, mientras se dispone a encontrar a su amante un kilómetro allá, por la Bajada de las Manzanas, en el párquing de la Iglesia de la Congregación.
(...)
El cómico del espectáculo "Esta noche" que imita al vicepresidente y hace partirse de risa a Johnny Carson y detiene el sueño de millones de compañeros que lo miran entre los pies, desde la cama, se corta las venas a la mañana siguiente en su baño anticuado, a la moda algonquina, la cuchilla en la mano como un cepillo de dientes, la pared tan anónima como un orinal, la cortina de la ducha un desatento público de goma, y entonces el tajo, tan simple como una apertura de una carta, y la sangre caliente que estalla como una rosa sobre la bañera y sus patitas zoomorfas.
Y yo. También. Logro mantener el tipo en las fiestas, y entre tanto en la cabeza me operan a corazón abierto. El corazón, pobre hermano, que martillea su tamborcito de hojalata con un discreto ritmo mortuorio. El corazón, ese ciego escarabajo, ese gigante de Kafka, escarabajo, recorre presa del pánico el laberinto, sin parar, un pie tras otro, una hora tras otra, hasta atragantarse con una manzana y se acabó.
(...)
Hace tiempo hubo un engaño peculiar: un lobo vestido de encaje, como una especie de travesti. Pero sigo con la historia. Al principio estaba solo Caperucita Roja, llamada así porque su madre le hizo una capucha roja y no se la quitaba. Era como la sabanita de Linus y además, era roja, sí, roja como la sangre de pollo, tan roja como la bandera suiza. Pero aun más que a su linda caperuza quería a su abuela, que vivía lejos de la ciudad, en la espesura.
(...)
Caperucita Roja llamó a la puerta y entró con las flores, los pasteles, el vino. La abuela tenía un aspecto extraño, como de una enfermedad peluda y oscura. Abuelita, qué orejas más grandes que tienes, qué orejas, ojos, manos y entonces los dientes. Para comerte mejor, amor mío. Y así el lobo se tragó a Caperucita, como una golosina. Ahora estaba gordo. Parecía estar ya en el noveno mes, y Caperucita y su abuela rodaban arriba y abajo, como dos Jonases, con cada aliento. Una paloma. Una perdiz. Estaba casi dormido, soñando, con el gorro y la bata, deslobado. Y pasó un cazador que oyó los fuertes ronquidos de complacencia y supo que no eran de una abuela. Abrió la puerta y dijo: Así que eres tú, canalla. Levantó el arma para dispararle cuando se le ocurrió que quizá el lobo se había comido a la señora. Así que cogió un cuchillo y empezó a abrir al lobo dormido, una especie de cesárea. Era un cuchillo carnal el que hizo emerger a Caperucita, como una amapola y viva, del reino de los vientres. E igualmente a la abuela, a la espera aún de sus pasteles y el vino. El lobo, decidieron, era demasiado hombre para matarlo y punto, así que le llenaron el estómago de grandes piedras y lo cosieron de arriba abajo. Era pesado como un cementerio y cuando se levantó e intentó huir cayó muerto. Muerto por su propio peso. Muchos son los engaños que terminan así. El cazador y la abuela y Caperucita se sentaron junto a su cadáver y dieron cuenta del vino y los pasteles. Y ellas dos no recordaban nada desnudo ni brutal de esa pequeña muerte, de ese pequeño parto, de haber ido hasta el fondo y haber vuelto a subir.


*Publicado originalmente en Transformations, Boston, 1971.
**Primera ilustración realizada por Gustave Doré, 1862.

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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