30 noviembre 2017

El lugar donde tan bien se está



“Al principio, adoré. Lo que adoraba era humano. No personas; no totalidades, no seres denominados y delimitados. Sino signos”. La que nombra es Helene Cixous. La que adoró su llegada, la que adoró esos dibujos que ya traía consigo al ser poseedora de un cuerpo, de un rostro de madre, de una doble nacionalidad quebrada. Me he preguntado todos estos días qué es lo que adoro yo. Y cuál es ese principio mío desde donde comenzó todo. Toda esta humana materia de reposición. El lugar desde donde se mira, en plano objetivo e interno; el lugar desde donde se empieza con algo, una pregunta, un hallazgo, un acertijo, una pasión, un fracaso, un abajismo. El lugar desde donde alguien que es yo, acepta que allí empieza el mundo, que son los otros, que es todo lo otro y donde yo misma puedo decidir cuándo va a terminar. Ese lugar carne, hueso, sangre, cuerpo.

Este lugar puede significar el inicio de un desgarro grotesco, el refugio contra el infierno o ser el infierno. Ese lugar en extremo misterioso y fatal a ratos trae consigo los flujos y los sentidos, los mapas de un engranaje que se administra a puro error, las disciplinas y normas que desde el arrojo habrá que contraponer, contrarrestar, resignificar la ocupación, deconstruir los deseos. Porque ese lugar es el mismo lugar donde me sumerjo y me ahogo, empiezo y termino, una y otra vez.

Aprendí desde ese lugar a enfrentarme a mi deseo, a mi perversión, a mi codicia, a mi ambición. Aprendí a componerme como una escala de notas desfasada, y a descomponerme como el Desnudo bajando una escalera de Duchamp. Montando negativo tras negativo, haciéndome de un movimiento desencajado que asusta; deviniendo tan poco dueña y aún más ajena, y tan poca una y por períodos, tantas otras.
El cuerpo es ese lugar donde caí.

A los tres años me preguntaba por qué aquí, por qué yo y no otra, por qué habitar este edificio de huesos, quién eligió esta voz delgada para mi lengua, cuándo vi por primera vez estas manos de alambre y qué es lo que llena a este envase, o más bien por qué lo rebaso. Los límites de mi cuerpo no son los de mi mundo, los límites de mi fuerza no son los de mis ganas. Pero a los tres, como una obsesión prematura que no se extingue, busqué, intenté, deseé configurar el trazo con una mano de este brazo, como anticipándome al registro interminable, a la figura que mi mano ansiaba diseñar. Escribir, escribirme como la flora se incrusta en la vereda y la sobrepasa, como cuando las raíces de un árbol rompen el asfalto, y la calle, aunque invadida por esa fuerza natural, se acostumbra a la irrupción, es habitada por ella. Entonces desde la soledad brillante de los tres vino la copia y el error, la copia y el error, hasta que salieron las primeras letras. Ese lugar en donde tan bien se está, no es la salud ni la felicidad ni siquiera el entusiasmo, pero así como es la escritura también es el cuerpo, el cuerpo mío que, como afirmó antes Cixous: yo no empiezo por escribir, yo no escribo, la vida se vuelve el texto, soy toda ya texto.

*



Publicado en ARTE HACKER, julio 2017. 

28 noviembre 2017

El subterráneo del cuerpo. Por Julieta Marchant.



A pocos días del lanzamiento de Estética del tajo de Florencia Smiths, me escriben para que parche a un presentador que no alcanza a llegar. Pienso en que conozco esta escritura, que quizá podría leer las ranuras de las letras que Florencia ha dispuesto, laboriosa siempre, entrometida, intrusa acaso, en su propia historia. Pienso también: qué curioso ser un parche para el cuerpo rajado de esta escritura, que la historia del cuerpo que Smiths ha recuperado, que ha registrado con una obsesión inaudita, tal vez contiene la exigencia del parche para no enliquidecer y ser contenida por la lectura, como una herida por una mano. Florencia, este es mi parche, que se desprende del cuerpo, que acumula polvo, que deja ver la fisura, porque si algo ocurre con la materia aquí es que su condición de posibilidad implica el desborde y el alboroto.
Lectora de Smiths desde que comenzó a publicar, atesoro sus libros en sus primeras ediciones, lo que me permite un acceso que un lector que parte por Estética del tajo –volumen que aúna y antologa sus tres obras– no posee: la comparación entre las primeras versiones y las que hoy se nos presentan. Descubro entonces una diferencia estructural: todos los libros, de alguna manera, han sido fragmentados, desmenuzados, como haría un cirujano con un cuerpo enfermo o anómalo para volver a recomponerlo, para aliviarlo. La posibilidad de un relato manifiesto y único ha sido extirpada, cada libro, así, retorna desde su propio e íntimo desarraigo. Pienso en la naturaleza del fragmento, lo que me conduce a Benjamin, a su manera en que el fragmento guarda relación con el modo de generar conocimiento, allí donde apertura y espaciamiento significan. En cómo la relación entre fragmentos es silencio y colisión a la vez, relampagueo de sentido, un instante de cognoscibilidad. «Retroceder y volver a enfocar los hechos para aunarlos en la medida de las palabras que aprende –aunque sabe que solo hay fragmentos y que en ese esquema hay un control que esconde manías y piezas que faltan–» (29), escribe Florencia en El margen del cuerpo, su primer libro. Quizá las manías y las piezas que faltan no pertenecen al campo del error, no son pura omisión, sino que alcanzan la propiedad del ensayo. Ensayo de sentido, ensayo de ritmo –basta oír a Smiths leer en voz alta para ser apresado por su pulso vital, por esa música pulsional que alborota todo lenguaje–, ensayo de silencio –del silencio como sentido que se siente más allá del silencio–, ensayo de la relación entre fragmentos para enhebrar un relato plural, disparado en sus emergencias de significación. Y, sin duda, ensayo de un cuerpo mediante el cuerpo.
Si mi lugar como lectora implicara la pretensión de rearmar el relato que la Estética del tajo dispone, de ser una lectora en tanto cirujano, pensaría en dos cosas. La primera, el cuerpo. La segunda, la casa. También en la puntada que retiene el vínculo entre aquellas dos zonas: la herida, el tajo, la escisión. Es decir, una unión que, a la vez que reúne, distancia y separa. Al igual que la noción de fragmento, de esos espaciamientos que Florencia ha elegido al editar su obra reunida, acá las cosas –los temas, los sentidos, los ruidos, la música– se articulan en el desmoronamiento, se nos donan y se nos quitan, se nos hacen inteligibles en su opacidad, se nos muestran en la medida en que pueden desaparecer, se nos presentan con vistas a su posibilidad de desaparición. Qué es un cuerpo herido –pensaríamos–, rajado. O, más sencillamente, qué es un cuerpo –a secas– sino su propia finitud. Qué es la escritura, además, la palabra, sino su desmesura que, por desmesura, nombra y se retira. «De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse» (13) son los primeros versos del primer libro publicado por Florencia, el 2008. Este ingreso nos indica un asunto que signará la escritura de Smiths hasta hoy: la desconfianza por la lengua; a pesar del amor por la lengua, la sospecha por la lengua. Y constituye también su primera lucidez. Esto es: saber que el poema es algo que, cuando se escribe, se escapa de la mano; que el lenguaje no es ninguna propiedad o, más bien, que la propiedad del lenguaje es la imposibilidad de apresarlo. Que no puede, en fin, enmarcarse; que, como el cuerpo –como este cuerpo–, se margina, se corre, huye, se nos hace plural. Y es quizá doblemente opaco en la medida en que esta escritura está huellada por la muerte, tiende a ella, es receptáculo y blanco de la pulsión de la muerte. De la muerte del cuerpo, de la muerte de la casa.
Vuelvo entonces a la exigencia de un relato que pueda emanar de la lectura de Estética del tajo. Pensaríamos que el primer libro (El margen del cuerpo) nos habla de la muerte del padre, del registro de esa muerte inabordable, a los nueve años de la hablante, que ha dividido la infancia en dos –que la ha tajeado–. «Después de tanta palabra, de tanta hazaña, tender el cuerpo en una cama de cenizas» (34), escribe Florencia. La palabra ha sido la hazaña, la hazaña ha sido acostarse sobre el cuerpo del padre muerto, hecho cenizas, e intentar escribir sobre la experiencia de la pérdida y el duelo. «El “Trabajo” por el cual (dicen) se sale de las grandes crisis (amor, duelo) no debe ser liquidado apresuradamente; para mí sólo está cumplido en y por la escritura» (143), leemos en el Diario de duelo de Barthes, uno de los textos autobiográficos más conmovedores sobre la muerte de la madre. Pienso en Barthes, en su insistencia por darnos cuenta del apagarse de la madre, como un lugar próximo al libro de Smiths: «Pero no soporta no saber registrar» (28), leemos en El margen del cuerpo: sabe que el registro, que la materia de ese registro –el lenguaje– no da ancho ni altura, no es dimensión precisa para la muerte, pero también sabe del mandato interno, de la urgencia por darle palabras a esa desaparición. Se trata, entonces, de un cuerpo que ha sido interrumpido por la violencia de su finitud, de una niña que desea aliviarse en la escritura y de una casa, de un hogar, que le fue arrebatado. De una infante que ha envejecido demasiado pronto –«una infancia senil» (41)–, de un cuerpo perplejo, atemorizado y que, no obstante, escribe temblando.
La ciudad no también es lugar de cuerpo y de casa. Y de derrumbe y ruina. Allí se extravía el cuerpo, es saqueado, se vuelve territorio de otros, de esos otros que lo torturan, lo domestican, lo liquidan. Y también se pierde la ciudad: la ciudad como lugar de comunidad, de reunión, de conjunción, como posibilidad de casa se contamina, es lugar de contagio de la dictadura, de Tejas Verdes en San Antonio. Ha agregado Florencia a esta edición un poema en el que retorna el padre –«a él lo mataron / a las siete de la tarde / en el cruce de Cartagena / en el cruce entre la ciudad y la ciudad No / en el cruce de la mala suerte» (59)–, una muerte que, en La ciudad no, se entrelaza con las muertes de los presos políticos y con las muertes de las mujeres, con el cada vez de esos cuerpos que desaparecen.
La velocidad de la caída clausura esta obra reunida, última noticia que atesoramos de la obra de Smiths. Allí donde a la niña de nueve años le arrebataron una casa, ha vuelto a construir, esta vez desde el amor y en la adultez. Pero se trata de un amor –y del hogar que han edificado juntos– que amenaza con implosionar: «Se ha tratado de narrar / como cuando se registra / en un retrato de época / el momento de la aniquilación / de una casa» (103). Y el pedido, sin embargo, al amor de que se quede: «[P]or eso ven aquí / cerquita de mí / no me dejes sola con este cuerpo que no me lo puedo» (96). Se trata del desamor, de ese rostro que amamos y que pensamos propio, cuando de pronto se distancia y exhibe gestos que –cómo anticiparse– ya no reconocemos. Se trata de la finitud del amor. De su rajadura.
Me queda corta la página para la Estética del tajo. Se me pliegan también las palabras. Intento en vano parchar con lenguaje el tajo, palpar la herida con vocablos, acomodarme al ritmo de este cuerpo, ubicarme en los espacios entre fragmento y trazo. La primera versión, del 2014, de La velocidad de la caída concluye con un verso que es lápida y tormenta: «No escribiré». La Estética del tajo, sin embargo, cierra de otra manera: «El subterráneo del cuerpo». Me pregunto qué motivó la elección. Pienso también en que este libro es, sin duda, el subterráneo del cuerpo, un cavar en el esqueleto, el cuerpo como casa, el cuerpo como límite, el cuerpo como materia que se margina. Y, al mismo tiempo, pienso –y por ello me queda corta la página– que «no escribiré» es una imposibilidad incluso pura en Florencia, que piensa el cuerpo, la casa y la ruina desde un ensayo, que es pensamiento y escritura a la vez. Y que ese ensayo siempre proviene de una mano de mujer, de una mano que eleva y subraya su ser mujer, su resistencia al rol, a la corrección, al lugar que le corresponde. Que la primera cualidad de esta voz, en todos los libros, es su ser plural, su conciencia de ser múltiple, disparo de sentido, tenaz y testaruda ante el lugar correcto del duelo, el lugar correcto del amor, el lugar correcto del lenguaje. Que ningún parche, que ningún esfuerzo, podrá acallar el tajo.

Julieta Marchant
Publicado en: EL DESCONCIERTO 

06 octubre 2017

Presentación Estética del tajo, por David Bustos.



¿Cómo se puede escribir desde regiones? ¿Cómo se puede escribir desde un puerto que es la otra cara de Valparaíso, sin ese aire turístico y patrimonial, sin una movida? ¿Cómo se puede escribir desde la desembocadura del Rio Maipo, desde Tejas Verdes, Barrancas, de Llo-Lleo?

Que esté presentando este libro por la editorial Pez Espiral hoy, es un testimonio que se puede escribir desde otro lado. Florencia Smiths es un ejemplo, o más bien su poesía.

Vivir en Santiago, es como vivir dentro de una carrera de caballos. Viví 40 años en esta ciudad, sé lo que digo, trabajé en la tv, otra gran carrera de caballos que no es tan distinta a la carrera literaria.

Si pensamos la emigración del campo a la ciudad, de las regiones a la capital como un fenómeno social, podemos detectar que el campo cultural no está inmune. Muchos insignes poetas hicieron esa operación y visibilizaron su trabajo, a muchos les fue muy bien, llegaron a ser ciudadanos del mundo.
Pero desde Claudio Bertoni en adelante, las cosas cambiaron, de París a Con Cón.

Este libro es un libro escrito en región, en San Antonio, y cuando digo esto quiero decir que es un libro que debe golpear puertas ¿qué tipo de puertas? Puertas de lectores de poesía, donde la relación con el lenguaje se define a partir de una palabra que viene a nuestro encuentro, que nos trastoca y nos alcanza.

La Estética del Tajo es un compendio de los tres trabajos anteriores de Florencia Smiths. El Margen del cuerpo (2008), La Ciudad No (2009) y La velocidad de la caída (2014).

Tres trabajos contundentes que tienen en común la intensidad y esa intensidad es gracias a un mundo y un lenguaje propio. ¿Cómo se puede tener un mundo y un lenguaje propio? No lo sé, pero lo que sí sé es que hay que tener: resistencia, coherencia y valentía. Un ejemplo de aquello es el poeta viñamarino Ennio Moltedo o Ximena Rivera. Se escribe fuera del poder, porque no se cree realmente que el poder exista fuera de la poesía. Se cree que el poder está en las palabras, en cómo las escoges y cómo eres capaz de respirar a través de ellas.

Smiths en 10 años armó un mundo, lo tradujo en palabras, en poemas, en libros.

Fragmentos en prosa poética, donde el corte de verso opera a modo de respiración. Un tipo de respiración que tiene el ritmo de la conversación al oído. Pienso que toda esta poesía es un mapa del oído. No se trata del oído del que escucha algo al pasar y rápidamente lo convierte en forma poética, como podría pensarse en la poesía popular o la antipoesía. Aquí el oído está vuelto hacia dentro, es una escucha silenciosa que se escucha decir.

Cito:

“Ya no le gusta oír el tiempo cayendo desde las extremidades de una casa infantil, ya no soporta la vicisitud de ser la que no se cuenta y por quien nadie dará un atisbo de carácter. Pero aún hay una sospecha preferida: los pájaros, el mar marchitando a las rocas, la lluvia golpear el guión de la calle, la música que elige para escuchar, y sobre todo, el ruido cortado que infunde el lápiz cada vez que se hace el margen.”

El mundo de Florencia es producto de una escucha interna. Sus principios son musicales, la melodía y melancolía de una batalla interior. La exterioridad es concebida sólo si es interna, si ha pasado o pagado el peaje de entrar en las condiciones de un espacio cuerpo, espacio mente, espacio memoria. Entonces el cuerpo se mueve, la mente se piensa, la memoria recuerda.

Todo esto tiene un inicio en la herida, en el duelo de la infancia. La pérdida del padre como elemento fundacional, donde la hija a partir de la violencia del asesinato decide hacer testimonio. Se introyecta el asesinato del padre, es decir se interioriza una relación y se instala asimismo, un objeto que sirve como referencia para la aprensión del objeto externo, teniendo esa doble facultad de ser sujeto y objeto para sí mismo.

Smiths no puede reparar esa primera y única crueldad que la invade, no desea hacerlo tampoco, ella acepta esa condición irreparable de la desaparición y escribe, como si esta fuera la manera de alcanzar lo perdido, como si esa conversación interna fuera la única forma de hacer que lo perdido permanezca activo.

Una dosis de gran profundidad se requiere para leer esta poética, no hay grandes teorías del lenguaje, aquí hay más bien una cuestión psicoanalítica, que nos habla finalmente del dolor y su huella.  Una simbolización dialéctica que opera en un tiempo no cronológico ni normado por consideraciones evolutivas.

Aceptar callarse para escribirse, para ser la consigna, desaforar al súper yo con su conducta censuradora y restauradora del orden, para fluir por los sitios inestables del yo, sin sofisticados mecanismos de defensa, ni distancia objetivadoras. La distancia en Brecht,  por ejemplo, una distancia de la comprensión y el control, que puede explicar el objeto. Smiths evita esa distancia o si la hay, sólo existe en cuanto momento articulado por las palabras. La distancia del testigo que desea estar cada vez más cerca de los hechos para poder tomar nota.

Cito

“Necesita tocarse y sentirse tocada por esas manos difuntas. Por esas uñas que ahora negras rasgan la arbitrariedad de la belleza. Pide reconocer el frío mortal que a su vientre le circunda, en esa soledad del margen que un día tu arrebato le inscribió como escritura.”

Entonces La Estética del tajo puede ser leída como una cartografía, como una carta, como huella. Una poética que sintoniza con otras voces esenciales de la poesía de mujeres como: Malú Urriola, Damaris Calderón, Verónica Jiménez, Ximena Rivera.

Es de esperar que los periodistas deportivos de la poesía chilena, tomen nota de este libro, que dejen de gritar los goles de las estrellas de turno. Que comiencen a leer cuando las luces del estadio se han apagado.

En un país en que la desigualdad y la concentración son dispositivos que permean también a piacere el campo cultural, en un país en que ser de región y mujer pareciera ser un doble castigo, La Estética del tajo es un libro ineludible; pasar por el lado sería faltar a la verdad, y eso es justamente lo que este libro no hace, está escrito a pesar de sí mismo, está escrito a contrapelo. Diez años de poesía que para algunos, pueden significar toda una vida.





David Bustos
Presentación en FLIA 
Feria del libro independiente y autogestionado
Centro Arte Alameda

*Texto publicado en PANIKO.CL

Presentación de Estética del tajo, por Cristóbal Gaete.



¿Cómo o por qué es editado este libro? Este libro es financiado por la Municipalidad de San Antonio, por este lugar. Existe, entonces, un profundo sentido de justicia en inaugurarlo acá, donde conocí a Florencia en discusiones sobre los pueblos abandonados y esta identidad a la que nunca ha renunciado. Pero más allá de lo técnico monetario, también esconde los devenires de la obra de Florencia Smiths, porque desde lo íntimo se abre a la ciudad y a la provincia. Pero a veces me pregunto, hasta cuándo sucederá que para que una poeta de verdad tenga que circular deba existir este tipo de financiamiento, la trampa que significa la edición independiente. Yo hice un adelanto gratuito del tercer libro inserto en Estética del tajo en Ediciones Perro de Puerto, en la edición más horrible que se podría imaginar, otros jamás lanzaron el libro. En fin, sacado esto de adentro, vamos a la obra.

Estética del tajo viene a compendiar la obra editada de Florencia Smiths, que por su mala circulación termina en pérdida. A dónde van los libros, casi como un limbo tan severo de lo no editado, peligrosa paradoja. Se abre con El Margen del cuerpo (2008), de concentrada escritura. Cada párrafo en cada página agranda el blanco disparando significados, mientras el texto funciona como una roca. En mi presentación, haré referencia a muchos otros textos escritos sobre Florencia, no voy a descubrir hoy acerca de lo que se ha escrito en una década. Puede ser entonces este aporte el más valioso de mi presencia acá. Vuelvo atrás, escribo: una roca, por lo inexpugnable, en tanto revela pocas cosas para armar una narratoría pública, asumiendo la ambigüedad propia de una obra de arte. Muchos de los textos que leí explicaban el concepto de margen y cuerpo, retrasando lo que se espera, abrir el libro, analizar su contenido. Lo primero que expone El Margen del cuerpo  es el peligro de la palabra, expone una reflexión sobre la construcción de sentido del oficio. ¿Qué se esconde en cada escritor? Un montón de basura que es utilería básica o la ficción de hacernos creer ello, como en la muerte de un animal que es trauma a la niña y es una obligada reflexión sobre la capacidad comunicativa. Extraviado en el giro que ofrece cada lectura, en este avance y retroceso de comprensión al que me somete, puedo solo apresar las luces en un campo minado, la referencia al derrumbe de las descripciones que significa la escisión a la eficacia -muy propia del capitalismo- de determinada escritura y en la ortopedia que es el lenguaje, se asume que no se puede escribir lo pensado, la referencia al pelo que nos vincula a Stella Díaz Varín o a V de Vendetta. V de Vendetta, en la anarquía que propone se esconde también una vida monacal, que es el hallazgo de la escritura, una forma escritural que limita las emociones casi en su totalidad. “Una perfección ilusa”[1] para el crítico José Ignacio Silva, que recrea este libro a partir de la niña: “La niña topa con el deseo de nombrar, topa con la otredad, con el tiempo y sus eventos perdidos, sufre por no haberlos significado con lenguaje”. Natalia Figueroa en tanto, una destacada poeta, lee el registro  “búsqueda de un lenguaje propio que siempre está más allá y desde cuyo seguimiento se intenta decir”[2]. Otra contemporánea, Gladys González, define la memoria de la niña como cicatriz[3]. Eugenia Brito, maestra, hace una genealogía literaria para explicarnos la construcción de obra, un campo referencial deliberadamente omitido en nuestra escritura y lectura endogámica y peninsular: Molloy, Sarduy, Eltit, pero amplía su fe en Smiths: “un territorio desde donde observar la operación de una escritura sombría y autocuestionante. Una escritura que intenta fundar los nombres de un mundo inquietante y paralizado”[4]. Malú Urriola, con quien decide dialogar desde el epígrafe, visibiliza la tensión: “Entre el decir y no decir se establece la tensión de la escritura. Entre el pensamiento y la boca un abismo de centímetros, un universo insondable. Pues, ellas, las palabras, habitan al borde de nombrarse”[5].

El segundo libro, La ciudad No (2009), ofrece otras cosas. Sale de la experiencia individual de un habitante en un mundo con códigos trastocados para abrirse a este territorio, vincularse a su dolor profundo de la dictadura, a partir de constituirse como médium del dolor de las demás. Dialoga entonces con las obras de Hernán Valdés y Roberto Bescós pero en otro signo, que esta vez comunica la intención de manera nítida pero no renuncia la complejidad estructural. Si ya existen libros de memoria y cada tanto se recuerda, ninguna escritura sobra porque la literatura porta vidas y muertes de otro modo, y si bien ciertas lógica del siglo XX la quiere pensar en sí misma es mucho más, y permite ser también memoria. Nunca me recuperé de la lectura de este libro, escojo un fragmento:

andando y marcando la ciudad / como la línea de una mano / de un mundo sin mapa / de un dibujo del plan hecho con tiza y sin pulso / que borró el paso que dimos / que pisamos por ahí sin mirar / y lo dijimos / tal vez aquí se descubrió / pero cuál será / dijimos / el lugar desde donde no se fundó / esta ciudad mi ciudad no se fundó / y la han calcado ya cientos de veces / y la han derribado otras / y la han construido y vuelto a mirar / y la han quemado y vendido y repartido por doquier / y la han nombrado / y la han delatado / y la han abierto porque estaba cerrada / porque era una ciudad compacta / como el cuerpo tenso y denso / de nuestros muertos

Halla, furiosa, encendida, una liberación a su escritura, un ritmo. Recuerdo quedar impactado ante su lectura pública, porque hay poemas que merecen la intensidad pública de esta, el biorritmo de Florencia que me hace verla no sola al leer, como si fuera un canto colectivo y detrás viniera tanto dolor. Genial es que por fin circule en una edición no facturada por ella, porque solo en este libro no hallamos tantas referencias, sino sólo la de Julieta Marchant, que con una cita de Helene Cixous nos abre una clave de lectoría de obra, más allá de La Ciudad No:

“[s]i la mujer siempre ha funcionado «en» el discurso del hombre, (…) ha llegado el momento de que disloque «en», de que lo haga estallar, le dé la vuelta y se apodere de él”. Esto es conocer sus mecanismos internos para darlos vuelta desde adentro, operando como un modo distinto, un nuevo acceso a los hilos delgados y siempre débiles de la palabra (…) En el caso de Smiths aquello es muy evidente”[6]. Agregaría a lo evidente que el lenguaje también es colonial, la idea de quiebre de este, toma sentido también en toda la obra, también, en otra dirección.

La velocidad de la caída (2015), el tercer libro, abre otro camino estético, de nuevo está la nitidez de la intención pero esta vez los versos tiene la posibilidad de extenderse por las líneas, detalle fundamental para una poeta que no dispone nada al azar, lo que parece vincularse también con su propia labor fabricando libros. Invierto el uso de las muletas, la escritura de otros; los dejo decir primero, porque lo hicieron primero pese a que yo leí antes. El poeta Raúl Hernández precisa: “En la obra de quién sabe e intuye que cada una de las palabras utilizadas son parte de una verdad incuestionable”[7]. Gladys González da en el clavo para incitar a una lectura urgente, de género: “La actuante es ética y estéticamente sublime, desde lo que se desprende del texto, sobrepasando conductualmente al violento hombre que interpela, a través del predominio de lo etéreo, la obediencia y la subordinación”[8]. Rodrigo Arroyo, editor del libro, apunta: “Mientras de fondo ronda en esta escritura la idea del suicidio, que así como en otros poetas, más allá de responder al cliché, se asocia a la disconformidad con una vida, o un sistema de vida que destruye en forma progresiva e implacable las sensibilidades más profundas, en otras palabras, se destruyen posibles acercamientos al lenguaje. “Aprendo a morir / a decir no escribiré”,  señala Florencia, del único modo en que podríamos pensarlo, es decir, escribiendo”[9]. Esto es otra idea que podría marcar la escritura de Smiths, el vínculo de una escritura como elemento de vida pese a la muerte que la rodea.  Creo, además, que marca una forma de habitabilidad viciada en la sociedad, que habla esta vez por la gente que vive consumida, en que el hogar es otra cárcel. Al conmover, cuestiona y obliga a nuestra propia revisión, dándole también un sentido moral a esta escritura que no quiere jugar pero sí subvertirse hasta de lo mismo que canta a cambio de la belleza.  Cito:

“Ella no aprende no sabe alejar la fiebre que aún le producen sus objetos pero si le ordenan que se someta o se sume ella preferiría sumirse podría atarse sola incluso o mitigarse mientras sepan destruirla con altura y estética suficiente”.

Estética del tajo es un devenir total de la obra, un estado de las cosas y cómo evolucionan. Si El Margen del cuerpo es críptico, La ciudad No es más nítida,  y La velocidad de la caída explota en partes, comunica con rabia punk. El discurso ofrece mayores luces de entendimiento y a la vez de gozo lector, puede ser este libro camino para volver a la forma. De eso también se trata el decir, de definir un camino para hacerlo y este crecimiento que podemos ver en las páginas, en las que extraño poemas sueltos que encontré en esta revisión de referencias, las muletas de este texto, fundamentales para el movimiento de la obra, porque en un país desgraciado con los escritores solo nos tenemos a nosotros mismos y siempre es conmovedora una escritura desinteresada, y a la vez que entrega un lugar donde caer y husmear antes de definir o adquirir, más desde la invisibilización patriarcal y provincial. No hay nadie solo, cuando pude reseñar el catálogo de Economías de guerra en El Ciudadano, hace años, dije que la escritura de Smiths era una forma hermanable con otras poéticas de mujeres en Chile. A veces pienso que Florencia Smiths, este alias, existe en tanto existen los maestros y los compañeros y compañeras, y me parece suficiente.




Cristóbal Gaete
Espacio Cultural de Llolleo
San Antonio, 6 mayo de 2017. 



[1] http://www.lacallepassy061.cl/2009/10/el-margen-del-cuerpo-de-florencia.html
[2] Ibíd.
[3] http://elmargendelcuerpo.blogspot.cl/2009/08/sobre-el-margen-del-cuerpo-por-gladys.html
[4] http://elmargendelcuerpo.blogspot.cl/2009/02/el-margen-del-cuerpo-por-eugenia-brito.html?m=0
[5] http://elmargendelcuerpo.blogspot.cl/2009/02/presentaciones-del-libro.html
[6] http://www.lacallepassy061.cl/2010/02/florencia-smiths-el-sujeto-en.html
[7] http://raulhernandezblog.blogspot.cl/2015/06/presentacion-de-la-velocidad-de-la.html
[8] http://florenciasmiths.blogspot.cl/2013/08/presentacion-la-velocidad-de-la-caida.html
[9] http://florenciasmiths.blogspot.cl/2015/03/presentacion-de-rodrigo-arroyo-sobre-la.html

20 julio 2017

Estética del tajo, lanzamiento Santiago.



Lanzaremos Estética del tajo, por Libros del Pez Espiral, en la FLIA (Feria del libro independiente y autogestionado), que se desarrolla el 21, 22 y 23 de julio en el CENTRO de ARTE ALAMEDA

Esto será el día SÁBADO 22 JULIO a las 16,00 Hrs. 

Por motivos de fuerza mayor no podrá ser presentado por Rodrigo Olavarría, por lo que 
se sumará la poeta y editora Julieta Marchant, junto al poeta y guionista David Bustos. 

Tendremos sorpresas y lecturas. 

LXS ESPERO!!! 

01 junio 2017

El mar no va de fiesta, por Daniela Malhue.





La primera vez que me fui de fiesta en Santiago, extrañé el sonido del mar al ir de vuelta a casa. Comprendí que no había reparado en su compañía hasta que dejó de estar ahí, omnipotente en medio de mis juergas costeras. Esperábamos una micro, mi amiga nueva y yo, y le pregunté que cómo lo hacían en Santiago para volver a casa y no sentir que el mundo se desplomaba bajo sus pies. Que cómo no extrañaban el sonido del mar, ahí en medio de la noche, cuando se supone que la ciudad se duerme y el silencio abre paso a las olas. La amiga nueva me subestimó, me dijo que era como todas las provincianas, que me curaba rápido y me ponía a hablar tonteras. Estoy hablando del mar, no es una tontera. Le di verguenza, se alejó hacia otro paradero. Yo me subí a una micro verde y me tapé los oídos para escuchar el mar, mientras afuera de la ventana pasaban los santiaguinos necesitados de sonidos falsos porque no tienen un oleaje que los acompañe al caminar. 


Daniela Malhue Urra

28 abril 2017

Este territorio.


El poeta y guionista David Bustos me entrevistó para el blog local ALGARROBO AL DÍA, pero luego esa entrevista se transformó en esta nota sobre infancia, escritura y territorio. 
Agradecida de poder contar más sobre Esta ciudad No. 

La nota está ACÁ. 

 

13 abril 2016

Pavane pour un enfant défunt. L. M. Panero



LUZ DE TUMBA


"La vie despend de la volonté d'autry, la mort, de la nostre". 
Montaigne


PAVANE POUR UN ENFANT DÉFUNT 

A mi tía Margot
 
 

Se diría que estás aún en la balaustrada del balcón

mirando a nadie, llorando.
Se diría que eres aún visto como siempre
que eres aún en la tierra un niño difunto. 
Se diría, se arriesga
el poema por alguien
como un disparo de pistola, 
en la noche, en la noche sembrada
de ojos desiertos, de ojos solos
de monstruos. Todos nosotros somos
niños muertos, clavados a la balaustrada como por encanto,
como sólo saben esperar los muertos.
Se diría que has muerto y eres alguien por fin,
un retrato en la pared de los muertos, 
un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.
Pero a nadie le importan los niños, los muertos, 
a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos, 
y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos, abrir los ojos hoy,
mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes, héroes en los ojos
de un cine desesperado, y los dioses que matan a los hombres feroces,
los dioses más feroces que los hombres
los dioses crueles de la infancia,los dioses
de la inocente crueldad, pensabas, que se alimentan de ciegos
y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,
si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,
más que por alguien, para alguien, como un poema,
como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello por lo que no hay infancia en ese país desierto. Por ello también
por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,
y esa mudez en los ojos, esa belleza
sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.
Pero la vida sigue y te arrastras como ella,
la vida sigue como el puente de Eliot, 
como un puente de muertos o un flujo
de sombras que se cogen
de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y 
viven. Esa vida de que hablan
en el Infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos, 
los orgullosos sonámbulos disputando con sangre
una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.
Una basta tragedia que hacen
por navidades, los viejecitos, los difuntos,
con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,
rótulos de néon y fuegos fatuos: así obra desde entonces, 
desde entonces, esa raza
misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,
desde entonces, desde el día primero
en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,
desde que no hay tiempo sin destino y trazo
de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte. 
Quien es visto o quien cae en ese río sordo
es lo mismo, es un muerto
que se levanta día tras día para
mendigar la mirada. 
Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando, 
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños.



Leopoldo María Panero

06 marzo 2016

Encuentro de las Letras en Lolol

El 23 de enero anduve en el 8vo Encuentro de las Letras 
del Valle de Lolol. 
Agradezco a Aldo González por la invitación. 
Pude compartir con Julieta Marchant, Nicolás Labarca, Sol Dugatkin, Gabriela Giudici, Valentina Marinkovic, Joaquín Labra, Marcela Calvo, Diego Alfaro y las hermosas canciones en décimas de Rocío Gómez. 
¡¡Gracias por la hospitalidad y la poquita lluvia de esa noche!!

 

14 enero 2016

La velocidad de la caída en Cartagena.


Este lunes 18 de enero, 2016, estaré leyendo/presentando 
La velocidad de la caída en la FERIA DEL LIBRO Y LAS ARTES DE CARTAGENA, en plena plaza de la ciudad. 
Es a las 19,00 hrs. 

Todxs invitadxs a Cartagena La bella

Poe-mar, Isla Negra.

Sábado 16 enero, 2016
Estaré leyendo y conversando sobre mi poesía en LA CAVA DE PABLO, en ISLA NEGRA, con mis queridos vecinos del Litoral Central. 
Además, habrá música y alcohol. 
 
Nos vemos allá.

08 noviembre 2015

22 octubre 2015

No tengo ambiciones




No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía. 
Es mi manera de estar solo. 

Alberto Caeiro

05 octubre 2015

En estas mañanas en que debiera trabajar




En estas mañanas en que debiera trabajar
me distraigo pensando en las frías orejas de los gatos
en cuánto falta para que caiga la teja del techo del vecino
o si la escalera puesta en el patio 
es acaso el verdadero pasaje hacia un cielo
completamente desconocido y secreto
tal vez debiera ir y subirla, corriendo por la noche en que yo elija perderme, 
sin frenos como casi todas las noches
en que me acuesto y las lágrimas que caminan hasta mis orejas 

producen en las sienes ciertos hormigueos que un gato jamás podrá sentir, 
porque sus orejas quedan más arriba de sus ojos y los pelos absorberían el agua inmediatamente
me acuesto tarde y sin remedio medito en lo tan inevitable,
cuesta arriba, mano armada, pasión desolada en la dificultad
también caminos tiene mi cama a causa de las posiciones que suelo adoptar para morir un rato
pero los saltos cortados por pesadillas tan sólo arrojan quejas de un colchón que nunca terminé de pagar
pelos de felinas obligadas a dormir en horarios no apropiados, manchas de tinta que parecen sangre adolescente que nunca se lavó
y así pasan las mañanas, tan rápido como me distraigo de algo que más que una torpeza es un absurdo:
organizar la simulación de un trabajo que desaparece al momento de efectuado, 

no como esos caminos de caracol que quedan marcados para siempre y como en ciertas noches, gotas deslizándose desde mis párpados hasta los pómulos, para terminar en un hueso externo de oreja que a veces las gatas lamen
cuando escuchan el gemido de esta cría distraída
que en las mañanas ya no consigue trabajar


15 septiembre 2015

Una mirada a La velocidad de la caída, por Soledad Fariña.

Fotografía de Ismael Velásquez Juárez


¿De qué caída nos habla esta voz?  ¿Caída metafísica, o un descendimiento? Pronto nos damos cuenta que la aceleración o retardo será otorgado no solo por el ritmo, sino por las palabras  o la enunciación de su carencia.

No es fácil asirse a  “algo” en  caída que es vértigo y demora,  que es tiempo transmitido a un espacio de mirada y asfixia.

Un cuerpo se mira en su descenso, una cabeza piensa y articula en palabras el ritmo de su desmembramiento.

El cuerpo está presente y hay que deletrearlo en sus carnes –tibias y crudas-, en su hedor, en su herida.

Hay daño en la caída hacia la fosa y hay nombre en ese daño, las partes se llaman Muñeca, Brazo, el cuerpo mismo alarga el tiempo, se desdobla y mientras cae teje la red que aminora suaviza la caída, pero esa red se llama atracción por la fosa,  por lo antiguo del pozo,  melancolía y odio apretado en lengua sibilina que contiene, que se traga pero ¿por qué se nombra barco-lodo-llaga-grieta?

Se enuncia este cuerpo desarmado que ha perdido el habla en la caída, por eso llora y baila añorando lo antiguo: las pestañas, el exceso de rimmel,  roja la boca roja, blanca la cara blanca ¿Hay otra en ella, que atestigua, que la enuncia? No es probable.

Hay otro: un “huésped resignado” que se adhiere, mientras el cuerpo-mente deambula en su mudez. Añora su habla. El poder de la lengua.  El duelo es mudo, es gesto. El papel de la boca ahora es la mudez.

El tiempo dura, continúa. No podemos calcular, -sino por las palabras, por su espesor- la velocidad de esta caída, a veces lenta, reflexiva; a veces dardo, incisiva, letal. Lo alto y lo profundo.

La casa-cuerpo ya no como refugio. La casa  se abre y se recorre en sus falencias, la carne se abre, la garganta, los nervios, la voz al descubierto.  Esta casa no es. Esta casa no tiene.

No hay tragedia, hay cotidiano, por eso: fruta podrida que resta, permanece, nadie consume, nadie habla. La casa vacía, vaciada, metáfora de caos. El tiempo de carencia, tiempo de grafía La pierna cortada/ Cuchillo quebrado / martillo enterrado

¿De qué está hecha esta hablante mente-cuerpo que cae aferrándose a las palabras que quedan después de la mudez? Está hecha de carne? de ceniza? de carbón? de grafito?

A falta de palabras quiere nombrar la casa-caos con partes de su cuerpo. Inutilidad de las palabras: “de qué están hechas las palabras que dice/Y por qué las dice”,  se pregunta en una mínima  detención de su caída.

Pero ella escribe y hay tiempo acumulado en el relato.

No hay huida, no hay muerte, hay vida que acontece, memoria que se escapa, fotografías y la pregunta “dónde o cuándo comenzó esta historia/de casa abandonada…”

Llegar, tocar el fondo, el suelo; resignación, mutismo, palabras en rezago (aglutinadas, dirá).

Después de la rotura, el descalabro, graficar, escribir lo aprendido:
Morir  ¿lo mismo que  morar?, o, al revés, morar ¿lo mismo que morir?

Pero ella escribe.



Soledad Fariña
Mirasol, Agosto 2015
Publicado en Letras.s5
Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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