28 abril 2017

Este territorio.


El poeta y guionista David Bustos me entrevistó para el blog local ALGARROBO AL DÍA, pero luego esa entrevista se transformó en esta nota sobre infancia, escritura y territorio. 
Agradecida de poder contar más sobre Esta ciudad No. 

La nota está ACÁ. 

 

13 abril 2016

Pavane pour un enfant défunt. L. M. Panero



LUZ DE TUMBA


"La vie despend de la volonté d'autry, la mort, de la nostre". 
Montaigne


PAVANE POUR UN ENFANT DÉFUNT 

A mi tía Margot
 
 

Se diría que estás aún en la balaustrada del balcón

mirando a nadie, llorando.
Se diría que eres aún visto como siempre
que eres aún en la tierra un niño difunto. 
Se diría, se arriesga
el poema por alguien
como un disparo de pistola, 
en la noche, en la noche sembrada
de ojos desiertos, de ojos solos
de monstruos. Todos nosotros somos
niños muertos, clavados a la balaustrada como por encanto,
como sólo saben esperar los muertos.
Se diría que has muerto y eres alguien por fin,
un retrato en la pared de los muertos, 
un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.
Pero a nadie le importan los niños, los muertos, 
a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos, 
y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos, abrir los ojos hoy,
mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes, héroes en los ojos
de un cine desesperado, y los dioses que matan a los hombres feroces,
los dioses más feroces que los hombres
los dioses crueles de la infancia,los dioses
de la inocente crueldad, pensabas, que se alimentan de ciegos
y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,
si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,
más que por alguien, para alguien, como un poema,
como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello por lo que no hay infancia en ese país desierto. Por ello también
por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,
y esa mudez en los ojos, esa belleza
sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.
Pero la vida sigue y te arrastras como ella,
la vida sigue como el puente de Eliot, 
como un puente de muertos o un flujo
de sombras que se cogen
de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y 
viven. Esa vida de que hablan
en el Infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos, 
los orgullosos sonámbulos disputando con sangre
una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.
Una basta tragedia que hacen
por navidades, los viejecitos, los difuntos,
con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,
rótulos de néon y fuegos fatuos: así obra desde entonces, 
desde entonces, esa raza
misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,
desde entonces, desde el día primero
en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,
desde que no hay tiempo sin destino y trazo
de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte. 
Quien es visto o quien cae en ese río sordo
es lo mismo, es un muerto
que se levanta día tras día para
mendigar la mirada. 
Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando, 
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños.



Leopoldo María Panero

06 marzo 2016

Encuentro de las Letras en Lolol

El 23 de enero anduve en el 8vo Encuentro de las Letras 
del Valle de Lolol. 
Agradezco a Aldo González por la invitación. 
Pude compartir con Julieta Marchant, Nicolás Labarca, Sol Dugatkin, Gabriela Giudici, Valentina Marinkovic, Joaquín Labra, Marcela Calvo, Diego Alfaro y las hermosas canciones en décimas de Rocío Gómez. 
¡¡Gracias por la hospitalidad y la poquita lluvia de esa noche!!

 

14 enero 2016

La velocidad de la caída en Cartagena.


Este lunes 18 de enero, 2016, estaré leyendo/presentando 
La velocidad de la caída en la FERIA DEL LIBRO Y LAS ARTES DE CARTAGENA, en plena plaza de la ciudad. 
Es a las 19,00 hrs. 

Todxs invitadxs a Cartagena La bella

Poe-mar, Isla Negra.

Sábado 16 enero, 2016
Estaré leyendo y conversando sobre mi poesía en LA CAVA DE PABLO, en ISLA NEGRA, con mis queridos vecinos del Litoral Central. 
Además, habrá música y alcohol. 
 
Nos vemos allá.

08 noviembre 2015

22 octubre 2015

No tengo ambiciones




No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía. 
Es mi manera de estar solo. 

Alberto Caeiro

05 octubre 2015

En estas mañanas en que debiera trabajar




En estas mañanas en que debiera trabajar
me distraigo pensando en las frías orejas de los gatos
en cuánto falta para que caiga la teja del techo del vecino
o si la escalera puesta en el patio 
es acaso el verdadero pasaje hacia un cielo
completamente desconocido y secreto
tal vez debiera ir y subirla, corriendo por la noche en que yo elija perderme, 
sin frenos como casi todas las noches
en que me acuesto y las lágrimas que caminan hasta mis orejas 

producen en las sienes ciertos hormigueos que un gato jamás podrá sentir, 
porque sus orejas quedan más arriba de sus ojos y los pelos absorberían el agua inmediatamente
me acuesto tarde y sin remedio medito en lo tan inevitable,
cuesta arriba, mano armada, pasión desolada en la dificultad
también caminos tiene mi cama a causa de las posiciones que suelo adoptar para morir un rato
pero los saltos cortados por pesadillas tan sólo arrojan quejas de un colchón que nunca terminé de pagar
pelos de felinas obligadas a dormir en horarios no apropiados, manchas de tinta que parecen sangre adolescente que nunca se lavó
y así pasan las mañanas, tan rápido como me distraigo de algo que más que una torpeza es un absurdo:
organizar la simulación de un trabajo que desaparece al momento de efectuado, 

no como esos caminos de caracol que quedan marcados para siempre y como en ciertas noches, gotas deslizándose desde mis párpados hasta los pómulos, para terminar en un hueso externo de oreja que a veces las gatas lamen
cuando escuchan el gemido de esta cría distraída
que en las mañanas ya no consigue trabajar


15 septiembre 2015

Una mirada a La velocidad de la caída, por Soledad Fariña.

Fotografía de Ismael Velásquez Juárez


¿De qué caída nos habla esta voz?  ¿Caída metafísica, o un descendimiento? Pronto nos damos cuenta que la aceleración o retardo será otorgado no solo por el ritmo, sino por las palabras  o la enunciación de su carencia.

No es fácil asirse a  “algo” en  caída que es vértigo y demora,  que es tiempo transmitido a un espacio de mirada y asfixia.

Un cuerpo se mira en su descenso, una cabeza piensa y articula en palabras el ritmo de su desmembramiento.

El cuerpo está presente y hay que deletrearlo en sus carnes –tibias y crudas-, en su hedor, en su herida.

Hay daño en la caída hacia la fosa y hay nombre en ese daño, las partes se llaman Muñeca, Brazo, el cuerpo mismo alarga el tiempo, se desdobla y mientras cae teje la red que aminora suaviza la caída, pero esa red se llama atracción por la fosa,  por lo antiguo del pozo,  melancolía y odio apretado en lengua sibilina que contiene, que se traga pero ¿por qué se nombra barco-lodo-llaga-grieta?

Se enuncia este cuerpo desarmado que ha perdido el habla en la caída, por eso llora y baila añorando lo antiguo: las pestañas, el exceso de rimmel,  roja la boca roja, blanca la cara blanca ¿Hay otra en ella, que atestigua, que la enuncia? No es probable.

Hay otro: un “huésped resignado” que se adhiere, mientras el cuerpo-mente deambula en su mudez. Añora su habla. El poder de la lengua.  El duelo es mudo, es gesto. El papel de la boca ahora es la mudez.

El tiempo dura, continúa. No podemos calcular, -sino por las palabras, por su espesor- la velocidad de esta caída, a veces lenta, reflexiva; a veces dardo, incisiva, letal. Lo alto y lo profundo.

La casa-cuerpo ya no como refugio. La casa  se abre y se recorre en sus falencias, la carne se abre, la garganta, los nervios, la voz al descubierto.  Esta casa no es. Esta casa no tiene.

No hay tragedia, hay cotidiano, por eso: fruta podrida que resta, permanece, nadie consume, nadie habla. La casa vacía, vaciada, metáfora de caos. El tiempo de carencia, tiempo de grafía La pierna cortada/ Cuchillo quebrado / martillo enterrado

¿De qué está hecha esta hablante mente-cuerpo que cae aferrándose a las palabras que quedan después de la mudez? Está hecha de carne? de ceniza? de carbón? de grafito?

A falta de palabras quiere nombrar la casa-caos con partes de su cuerpo. Inutilidad de las palabras: “de qué están hechas las palabras que dice/Y por qué las dice”,  se pregunta en una mínima  detención de su caída.

Pero ella escribe y hay tiempo acumulado en el relato.

No hay huida, no hay muerte, hay vida que acontece, memoria que se escapa, fotografías y la pregunta “dónde o cuándo comenzó esta historia/de casa abandonada…”

Llegar, tocar el fondo, el suelo; resignación, mutismo, palabras en rezago (aglutinadas, dirá).

Después de la rotura, el descalabro, graficar, escribir lo aprendido:
Morir  ¿lo mismo que  morar?, o, al revés, morar ¿lo mismo que morir?

Pero ella escribe.



Soledad Fariña
Mirasol, Agosto 2015
Publicado en Letras.s5

07 julio 2015

Presentación de Raúl Hernández a La velocidad de la caída.



Cada poema es una lucha, un lugar en donde nos jugamos la vida, en donde las preguntas se pierden en la noche y se escapan con las estrellas que caen como este libro y su velocidad. Con el vértigo, con la altura de nuestras miradas. Y quedan llagas, quedan grietas visibles ante cada lectura, cada instante en el que nos situamos en esta caída. Una caída que sucede en un hogar que prevalece en los momentos idos y venideros. Un hogar que sirve como escenario de amplitud, como sitio del suceso.

La soledad y el despliegue de los íntimos alaridos van dando forma a un escenario oscuro que palpita en cada esquina de esta casa, en donde todo lo que se escribe mira hacia adentro. Hacia dentro de una voz que habita un espacio visible como una habitación que se describe con los pasos de quien no busca una salida, sino que encuentra la verdad en el simple hábito de describirse, de anotarse, de mirarse al espejo.

Esta caída habla entonces de ese tramo intenso que pareciera breve pero que se alarga y se vuelve insostenible. Caer se hace inevitable, y en esa aventura del derrumbe es que nace cada poema cincelado como pilares de un espacio protegido ante tal desenlace. La caída se describe y nos involucra en este proceso descendiente llevándonos de la mano hacia el resultado de todo este momento.

Es así como Florencia Smiths nos muestra en “La velocidad de la caída” un trabajo minucioso y acabado en un trance que se vuelve genuino junto al desgarro y en la contradictoria esencia del hogar que se vuelve escenario de esta escapatoria. Y esta búsqueda la encontramos en su constante decirse y mirarse, en las palabras y los objetos cotidianos, todo reunido para envolver un instante que sólo puede entregar un desenlace al describirlo, al tocarlo y hacerlo propio. Un corazón en la mano a la cual la autora le habla.

De este modo, al leer cada uno de los poemas de este libro, nos adentramos a esa esquina sombría de los lugares que muchas veces intentamos evitar, pero que están ahí, en la memoria, en las grietas y en las heridas. Sanar de todo esto no pareciera ser una premisa posible pues en el tránsito de cada instante descrito, se vive y se escribe, se debilita y se fortalecen los movimientos en la obra de quien sabe e intuye que cada una de las palabras utilizadas son parte de una verdad incuestionable, una insustituible realidad que ha querido ser este libro brilloso en su oscuridad. Brillante en su nocturno acontecer.

“La velocidad de la caída” de Florencia Smiths es una obra que camina por la vereda de la fractura y sus consecuencias, del dolerse y mirarse en cada uno de los días y que, al mismo tiempo, trasciende en una búsqueda intensa que nos acerca a la estética de un mundo privado. Un mundo en donde el hábito de “anotarse” es una ventana posible hacia un nuevo lugar en donde abrigarse y mirar desde lejos los precipicios.



Raúl Hernández
Presentación en Espacio Estravagario, Stgo. de Chile.
Junio, 2015

07 abril 2015

De: Casa de reposo. Ximena Rivera.


I


Los dolores se suceden y se repiten  en Pompeya con una monotonía abisal.
Te diré que llegar aquí es difícil, hay una suerte de tiranía en el acceso. No sé cómo lo hice, las coordenadas cardinales y geográficas no las sé, pero sé el camino, cómo me conduje aquí.
Llegas a una especie de avenida, y a la gente de ese lugar le fluye algo por los ojos que no logro definir.
Lo que fluye no es una luz blanca, ni fluye un alma fuera en esos ojos: si al menos fuera un esbozo de sonrisa, no me daría ahora escalofríos el pasto que se quema en los inviernos, aquí.
La verdad de lo que fluye en este lugar es más bien la imagen de una boca, una boca desdentada que te besa, te da terror y te sostiene.


***


¿Por qué los ancianos y los enfermos son una carga hoy para nosotros? Algo que no nos interesa, que no es asunto nuestro.
Los niños son también una dificultad, pero de otra factura, ya que sabemos que son la carne fresca que llevará nuestro pasado marcado a fuego en la memoria.
No sé cómo llegamos a esto, pero un poeta comentaba que no sabía de dónde venía la tristeza, y le preguntaba a un dios natural por ella.
Para mí la tristeza viene de Pompeya, y es una tristeza indiferente, como un amante estático con un cuerpo inerte y una sonrisa sub urbana.


***


La casa es de madera, es más bien una hilera de medias aguas en un sitio rodeado de palos con enredaderas que ficcionan una reja. El dinero es importante aquí, lo percibo por sus necesidades, y la gente me parece buena.
En el umbral de la pequeña sala no sé si sigo viva, nadie me contiene en su memoria, por lo cual hago un trato ventajoso –y por otra parte, el pacto lo hago con mi corazón y  mi memoria.
Un detalle perturbador: ellos creían que iba a dejar ahí a alguien enfermo o anciano de mi familia. Luego, reflexioné que ni siquiera a mi padre dejaría en este lugar, ya que busqué el último rincón en el que yo podría quedarme.
Y me di cuenta que la casa de reposo, literalmente, es una barraca militar en el vacío: horarios, deberes, esperas y abusos.
Ya me busqué un lugar que representara una madre maligna, una madre abusadora desde el primer día, para poder vivir.
¿Lo crees?
Luego, en mis noches de insomnio, crecía y crecía la percepción de que había un dios en aquella casa, que me seducía pobremente a pasar ese umbral.
No pretendo que este escrito te guste, pero en esta casa, te guste o no, se anuda Chile y nuestro destino –con su dios feo, ese dios de tantos chilenos–, que me grita en este instante: «entra, te quedarás».


***


En esta casa hay algo simétrico, algo pendular: si te mueves un poco hacia la izquierda, alguien se mueve a la derecha.
Es algo inconsciente, sabes, casi un reflejo. Somos enfermos, claro: estamos imposibilitados de recordar nuestro origen con claridad, y lo que queda como residuo es dejarse llevar por este espacio, y de múltiples maneras cumplir con los horarios.
Yo, por mi parte, tengo la noción de que recordando tendré un poco de sanía, pero recordar siempre ha sido decir la verdad, y no creo que seamos capaces de nombrarla. Si tan sólo esta gente, estos extraños cantaran, pero no, sólo miramos el vacío.
Si sólo existiera aquí un pasajero que trajera un vislumbre, un recuerdo vivo a este lugar, habría esperanza, pero no.
Sólo tenemos aquí la parodia del amor, la parodia de ese caos tan deseado, de esa angustia feliz, como un universo en su plenitud, que nos lleva a un frenesí anclado a un orden.
Pero basta, basta de todo esto. Estoy lejos de toda armonía, de toda serenidad aquí en Pompeya. Siempre vuelvo los ojos en torno mío, y he sentido ahora una monstruosa, una indescifrable apariencia, rodeada, sitiada por otras apariencias, tan incomprensibles: todo tan feroz, tan desgraciado, quizá como yo misma.


III


A la manera de Antonin Artaud, soy una imbécil, porque mi pensamiento es estrecho y corto: mi pensamiento no sucede. Acá hay horarios de visita. Se rompe la monotonía, pero en la casa no sabemos si esta ruptura es algo positivo o negativo. Por ejemplo, me visitan chicos de alguna comunidad cristiana que sólo tienen una imposición de venir, por compasión a la casa de reposo. Pero yo entrego una imposición con respecto a mi pensamiento, por lo cual, sólo alcanzan a ver una especie de espejismo. Y frente a eso, se ponen a pensar en esta imposición, como si todo esto significara la señal de una experiencia privilegiada aquí.
Mi yo se desgaja como un panecillo en la mesa donde ellos comen. ¿Habrán pensado alguna vez por qué no bebo agua en esta mesa?
No estoy triste, no se confundan: yo soy una imbécil y lama fama me encarcela.
Pero pasa que ustedes perciben no sé qué debilidad, no sé qué amorfía en esta aseveración. Debilidad mi ansia de concordancia, mi hipócrita necesidad de ustedes, cuando les represento la angustia y corro a pedirles piedad por las calles.
Por supuesto, ustedes se conocen a sí mismos, claro. Pero yo velo lo que hacen. Es más, todos acá vemos muy bien lo que hacen. Les pregunto, entonces: ¿es que así se acaba la poesía, el lenguaje, los diálogos?
Por otro lado, ellos observan mi cuerpo, mi ajado cuerpo, miran mis ojos, piensan en mí.
¿Piensan en mí? ¿En mí?
Y creen que éste es su privilegio.
Se apropian del privilegio como lo haría un sacerdote o un zapatero. Yo, que hablaba de zapatos frente a ellos, para que ocuparan la palabra privilegio como una prostituta o una verdulera que diera un juicio sobre la realidad, ya que ellos ocupan todo su quehacer verbal para no salir nunca del círculo del verbo.
En esto percibo una sombría sombra que avanza. Me agobian, tanto como yo los agobio a ellos.
Pero me pregunto: ¿qué ven cuando me ven?
¿Ven acaso el desequilibrio, este aplanamiento, estas ausencias, este hundimiento en la realidad? Me pregunto:
¿Qué ven cuando me ven?



Fragmentos de Casa de Reposo, 2013.
Fotografía de Raúl Goycoolea, proyecto 

30 marzo 2015

Celebración Día de la poesía.

Este sábado se celebró el día de la poesía (21 de marzo), se realizó en esta fecha que no corresponde por algunos percances que hubo respecto de los auspiciadores, pero lo central fue la venida de poetas de Valparaíso y Santiago, además de los locales de Isla Negra. 

El programa contemplaba la difusión de poemas arrojados desde la altura, el regreso de Vicente Huidobro, lectura en una goleta, junto a la música de los trovadores Jorge Venegas, Raúl Acevedo y el Blues. 

Por la tarde se continuó con la lectura de poesía y la presentación de los músicos. 

Quienes vinieron a compartir desde Santiago fueron lxs poetas: Oscar Saavedra, Fanny Campos, René Silva, Alejandra del Río, Amanda Durán, Jorge Ragal, Carolina Schmidt, Alfredo Lavergne, Héctor Monsalve, Carolina Ozaus y Víctor Sáez. Desde Valparaíso llegó el poeta Juan Cameron, América Merino y desde Isla Negra, nuestro terruño: Damaris Calderón y Mario Barahona. 




Lectura en el mar de San Antonio


Acá con el poeta Juan Camerón, América Merino y Oscar Saavedra





22 marzo 2015

Presentación de Rodrigo Arroyo sobre "La velocidad de la caída".

La imagen o la intensidad
Sobre La velocidad de la caída, de Florencia Smiths




La ausencia dura, me es necesario soportarla. Voy pues
a manipularla: transformar la distorsión del tiempo en
vaivén, producir ritmo, abrir la escena del lenguaje.
Roland Barthes

En La invención de la histeria, Didi-Huberman sostiene que, en gran medida, el trabajo desarrollado por Jean Martin Charcot no sería más que un montaje que las mismas histéricas y sus colaboradores se encargaron de construir. Estudiando, entre otras cosas, los movimientos musculares, la sensibilidad, y las secreciones de las mujeres privadas de libertad sin distinción alguna. Resaltaba en este proceso el taller de fotografía, que dejó un importante archivo de mujeres en estado de trance, ira o pasión desbordadas. Dichas imágenes constituían una parte del proceso de investigación y clasificación de la histeria, y sus posibles vínculos con la epilepsia. 

Ahora bien, más allá del archivo, la finalidad, los métodos y la espectacularidad de los mismos son cuestionados por Didi-Huberman. Podemos suponer las razones para, por lo menos dudar de todo esto; en el sentido que la exhibición o la aparición mediática de ciertas intensidades ha resultado finalmente en su banalización, o en el caso de Charcot, para ser tildadas como patológicas, añade Žižek.  

Se imagina una enfermedad terrible
arrimándose por sus costillas
un germen desprovisto de señales visibles
pero calcado a fuego en la sangre

 
escribe Florencia Smiths en La velocidad de la caída,  adentrándose en dichas profundidades, tensionando así el modelo impuesto por un mercado patriarcal que configura una conducta a seguir por el resto de las mujeres, castigando comportamientos que resulten un obstáculo para los intereses forjados a lo largo de la historia. En este sentido, el atractivo o la belleza de las imágenes fotográficas no encuentra cabida en esta escritura, que rechaza la utilización de la imagen femenina como objeto 

la única imagen
que ha de perdurar
es la de la fruta podrida
sobre la mesa
como adorno

indica Florencia, rechazando la condición paradigmática de la imagen femenina, aun cuando ella responda a las intensidades anteriormente descritas. Y es que lo que esta escritura busca, podemos suponer, es adentrarse y perderse en un cuerpo que suele ser el propio, y en cuyas marcas podemos encontrar las huellas de un lenguaje, los rastros que deja en el cuerpo como posibilidad o disidencia.

Ahora, es cierto que podemos encontrar un relato amoroso en el fondo de esta escritura, pero más bien como una instancia narrativa, donde el otro no aparece sino en dicha condición, carente de voz y características, convocado más bien desde el dolor. Lo que podemos leer no como una característica de la escritura que nos convoca, sino más bien como una metáfora que ilustra el modo en que Florencia se acerca al lenguaje. Y que nos permite comprender, además, que tal vez no sea allí donde se encuentre la sensibilidad poética, sino en el cuerpo. En las huellas e historias que contiene. Y que nos dejan ver la aversión y distancia respecto a un mundo que les obliga (a las mujeres) a ovillarse, ante la constante violencia que han debido naturalizar. Imponer el repliegue es también proponer un deseo íntimo y profundo en tiempos regidos por la superficialidad y la constante exhibición. De ahí entonces que la casa no es sino una respuesta ante la necesidad de cobijo y un espacio propio, un lugar en el mundo; un lugar posible, se diría. Que actúa como vínculo con una tradición poética reciente, como es la vuelta sobre esa tradición que Eugenia Brito describe como superada en Diamela Eltit, es decir, una poesía de espacios cerrados. Y es que más allá de mencionar o describir exteriores en algunos poemas, todo indica que el libro transcurre en el interior de una casa. Es así que por momentos Florencia logra que el lenguaje, y por extensión la poesía, tome la forma de una llave, o una ganzúa como dijo Lira, que ha de permitirnos el acceso a la oscuridad que en la mayoría de los casos, nada más podemos percibir al asomarnos e intentar ver a través de los vidrios empañados por nuestro aliento; vidrios cuya condición de transparencia se hace inútil por la noche. Pero en el libro, en este libro indica que, la llave está perdida, y la fotografía oculta. Negándonos así la posibilidad de futuro que la imagen habría de exhibir a contrapelo. Es decir, Florencia desarrolla una escritura que se extiende al paso de las horas, sin imaginar el deterioro. 
  
La casa se ha cerrado
todas las fotografías
que colgamos de la pared
están divididas
y ya no son
espectáculo de biografías

señala Florencia, dejando en claro que la aparición de la queja y el sufrimiento no constituyen un recurso estético, alejándose del lenguaje en cuanto forma, adentrándose en la opacidad como quien describe una caída. En palabras de la Pizarnik, La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez. 

El testimonio, en nuestro tiempo, parece responder a un carácter imperativo, de urgencia o de inmediatez. No es el acto del escritor que se instala al margen del tiempo y escribe una memoria para el tiempo. Escribió Eduardo Milán, e inmediatamente podemos situar la escritura que Florencia ha ido construyendo con el tiempo. Repitiendo la porfía de quedarse, dice al tiempo que insiste en un conjunto de fragmentos desperdigados por ahí, que dan cuenta del abandono propio y el de una casa. Soledad que abre esta escritura, pérdida que abre, no un canto como Orfeo, sino más bien un susurro en medio de la noche y las grietas. Mientras de fondo ronda en esta escritura la idea del suicidio, que así como en otros poetas, más allá de responder al cliché, se asocia a la disconformidad con una vida, o un sistema de vida que destruye en forma progresiva e implacable las sensibilidades más profundas, en otras palabras, se destruyen posibles acercamientos al lenguaje. Aprendo a morir, / a decir no escribiré,  señala Florencia, del único modo en que podríamos pensarlo, es decir, escribiendo.

Rodrigo Arroyo
Valparaíso, otoño del 2015 

Texto escrito para la presentación de 
La velocidad de la caída, ocurrido ayer
21 marzo 2015, en el Centro Cultural San Antonio

07 enero 2015

Perder, por Cixous.


Entonces cuando lo has perdido todo, no hay más camino, no hay más sentido, no hay más signo fijo, no hay más suelo, no hay más pensamiento que resista a otro pensamiento, cuando estás perdida, fuera de ti, y continúas perdiéndote, cuando devienes el movimiento enloquecedor de perderte, entonces es por ahí, desde ahí, donde eres trama despedazada, carne que deja pasar lo extraño, ser sin defensa, sin resistencia, sin barra, sin piel, completamente abismada de otra, es en esos tiempos jadeantes cuando escrituras te atraviesan, eres recorrida por cantos de pureza inusitada, porque no se dirigen a nadie, brotan, surgen, fuera de las gargantas de tus habitantes desconocidas son gritos que la muerte y la vida arrojan al combatirse.
Y ese tejido donde tus olores se tallan ese cuerpo sin borde, esa tierra sin fin, asolada, ese espacio devastado, tu temple demolido, sin ejército, sin control, sin murallas, -tú no sabías que son los jardines del amor. No de la demanda. No eres una codiciosa, no eres cálculo y ansia, puesto que estás perdida. No estás en la relación. Eres desapego. No mendigas. No careces de nada. Estás más allá de la carencia: Pero deambulas despojada, indefinida, a merced del Otro. Y si el Amor pasa, puede hallar en ti lo sintope, el lugar sin fin que le es venturoso y necesario. Si estás perdida solamente entonces el amor puede hallarse en ti sin perderse. 
Ahora bien, si eres una mujer, estás siempre más cerca y más lejos de la pérdida que un hombre. Eres más capaz y menos capaz de pérdida. Más atraída, más repelida. Más seducida, más prohibida. Una misma pulsión, oscura, dividida en su sentido, y siempre la inversa de sí misma, te empuja, refrenándote, a perder.
Porque, a una "mujer", marcada toda ella por la herencia sociocultural, se le ha inculcado el espíritu de "refrenada". Incluso ella es el refrenamiento, socialmente. (O, si quieres, la reprimida, la controlada). Ella se refrena y es refrenada, por mil lazos, enganchada, conjugada, cordones, cadenas, malla, faja, escudilla, red de dependencias serviles, tranquilizadoras. La definen sus pertenencias, mujer de, así como fue hija de, de mano en mano, de lecho en nicho, de nicho en fogón, la mujer en tanto complemento-de-nombre, tiene que afanarse mucho para decidir. Te enseñaron a tener miedo del abismo, del infinito, que sin embargo te es más familiar que al hombre. ¡No camines junto al abismo! ¡Si ella fuera a descubrir su fuerza! ¡Si fuera, de pronto, a gozar, a disfrutar de su inmensidad! ¡Si diera el salto! Y no cayera, como una piedra, sino como un pájaro. ¡Si se descubriera navegante de ilimitado!
¡Suéltate! ¡Suelta todo! ¡Pierde todo! Toma aire. Hazte mar adentro. Hazte de la letra. Escucha: nada ha sido hallado. Nada se ha perdido. Todo está para buscarlo. Anda, vuela, nada, salta, corre, cruza, ama lo desconocido, ama lo incierto, ama lo que aún no fue visto, ama a nadie, que tú eres, que serás, déjate, libérate de las viejas mentiras, atrévete a lo que no te atreves, ahí es donde gozarás, haz siempre tu aquí de un allí, y alégrate, alégrate del terror, síguelo por donde tienes miedo de ir, lánzate, ¡es por ahí! Escucha: no le debes nada al pasado, no le debes nada a la ley. Gana tu libertad: devuelve todo, vomita todo, dalo todo. Dalo absolutamente todo, óyeme, todo, da tus bienes, ¿de acuerdo? No te guardes nada, aquello que te importa, dalo, ¿entiendes? Búscate, busca el yo, revuelto, numeroso, que serás siempre más adelante, y fuera de un sí, sal, sal del viejo cuerpo, libérate de la Ley. Déjala caer con todo su peso, y tú, corre, no mires atrás: no vale la pena, detrás de ti no hay nada, todo está por llegar. 



Helene Cixous
La llegada a la escritura
2006
Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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